—¿Y quién es esa niña?
—Mi otra hija de leche, hermana de padre y madre del niño Leonardo.
—¿Conque tanto me parezco a ella? Ya me lo habían dicho algunos amigos que la conocen de vista.
—Y dígalo que se parece. Jimaguas no se parecerían más. ¿Si será por esto porque el niño Leonardo está tan enamorado de su merced? Pero él peca y su merced peca con quererse como se quieren. Si se quisieran como amigos o hermanos, pase; como hombre y mujer es un pecado. Los dos están en pecado mortal.
—¿Por qué me dice Vd. eso? preguntó Cecilia sorprendida. En quererse mucho un hombre y una mujer, no sé yo que haya pecado.
—Sí, lo hay, niña; a veces hay hasta pecado prieto. Por una parte, él es blanco; mas, dentro de poco será de sangre azul, porque su padre ya es Conde de Casa Gamboa. Y tiene un palacio para vivir con la que haya de ser su esposa legítima. Y su merced... Perdone, niña, que sea tan clariosa. Su merced es pobre, no tiene ni gota de sangre azul y es hija... de la Casa Cuna. No es posible que lo dejen casarse con su merced.
—Todo sea que se le ponga en la cabeza. A bien que él es hombre y hace lo que quiere. Y aunque no, estoy segura que cumplirá la palabra que me ha dado.
—No podrá cumplirla, niña. Desengáñese, no podrá cumplirla aunque quiera.
—¿Por qué no?
—Porque no. A su tiempo lo sabrá su merced. Ese casamiento es un sueño, no se verificará...