—Luego Vd. se opone. No comprendo la razón.

—Yo no me opongo, niña mía. No soy yo quien se opone, es otro, es la naturaleza, son las leyes divinas y humanas. Sería un sacrilegio... Pero, ¿qué es lo que digo? Cuando menos ya es tarde. Dígame, niña, ¿qué tiene en los ojos?

—Nada tengo en los ojos, repuso Cecilia restregándoselos inocentemente.

—Sí, veo algo en ellos que es mala señal. Me parece que tiene amarillo el globo del ojo. No cabe duda. Esas ojeras, esa palidez, ese rostro desencajado... ¡Pobrecita! Su merced está enferma.

—¡Yo enferma! No, no, dijo ella muy apurada.

—Su merced ya es mujer del niño Leonardo.

—No entiendo lo que Vd. dice.

—¿Ha sentido su merced náuseas? ¿Así como ganas de provocar?

—Sí, varias veces. Más a menudo desde que estoy en esta casa. Lo atribuyo a los sustos y pesares de mi injusta prisión.

—Tate. Cierto son los toros. ¿No lo dije? La causa de la enfermedad de su merced es otra. Yo la sé, la adivino. ¿No sabe la niña que he sido enfermera por muchos años? ¿Qué soy casada? Ya no hay remedio. Ninguno... ¡Pobre niña! ¡Inocente! ¡Desgraciada! A su merced le ha hecho mucho daño esa carita tan linda que Dios le ha dado. Si su merced hubiera nacido fea, tal vez no le pasara lo que le pasa ahora. Estaría libre y sería feliz. Mas... lo que remedio no tiene, olvidarlo es lo mejor. En fin, diré al niño Leonardo el estado de su merced y segurito que se apresurará a sacar a la niña de esta maldita casa.