Afectaron fuertemente a Leonardo Gamboa las últimas nuevas que de Cecilia le trajo la esclava. Sin pérdida de tiempo, como lo había previsto ésta, se abocó con su condiscípulo y amigo el Alcalde Mayor, que había decretado la orden arbitraria de prisión, ante el cual hizo valer aquellos títulos, junto con esta circunstancia. Le reveló igualmente en secreto el estado delicado de la muchacha. Derramó por todas partes el oro a manos llenas y tuvo la inefable satisfacción de ver coronados sus esfuerzos con el éxito más completo hacia los postrimeros días del mes de abril.
Fue al cabo suya Cecilia, a pesar de la tenaz oposición de su padre. De la prisión la condujo a la casa que habían alquilado en la calle de las Damas, dándole por cocinera, sirviente de confianza y dueña a la María de Regla de siempre. No parecía que hubiese hombre más feliz sobre la haz de la tierra.
Aún cuando todo esto se ejecutó con entera reserva de don Cándido, nada ocultó Leonardo de doña Rosa. Desde el principio al fin la mantuvo informada de los pasos que daba, a medida que se daban. Y, sentimos decirlo, no sabemos en quién produjo más regocijo el desenlace del drama, si en su hijo o en la madre. Así se alzaba una barrera insuperable, creía ella sinceramente, entre la muchacha y las imprudentes pretensiones de su marido.
En medio de estas escenas, desplegó Leonardo tino y fuerza de voluntad sin ejemplo, poniendo el mayor esmero en llenar las condiciones del contrato secreto celebrado con su madre. Asistió a las clases de derecho regularmente, y cuando llegó la hora de graduarse, visitó uno por uno a los doctores que debían examinarle, principalmente a don Diego de la Torre, que gozaba de fama de muy rígido con los graduados; le pasó la mano a Fray Ambrosio Herrera, secretario de la Universidad, a quien comunicó en secreto que en vez de los tres duros de las propinas de costumbre, se proponía meter tres onzas de oro en cada cartucho. Así allanó el camino de la recepción; así logró calarse la muceta de ordenanza, ascender a la cátedra del aula magna, ponerse en la coronilla de la cabeza la birreta colorada, pronunciar un ininteligible discurso en latín, y obtener el título de Bachiller en Leyes «némine dissentiente»[60] el 12 de abril de 1831.
Satisfechos por este lado sus compromisos, todavía tuvo tiempo para tomar formal posesión del palacio que le había regalado su padre. Enseguida, con el ánimo de adormecer la vigilancia de éste, corrió a darle una «caradita» a Isabel en su paraíso de Alquízar, y ver de concertar con ella, si era posible, la manera y la época del casamiento.
La encontró bastante fría y desanimada. Repugnábale en alto grado la idea de presenciar, por segunda vez, las escenas horrorosas del ingenio. Como visita, porque faltaría la ocasión juntamente con el deseo; como ama, porque si de amante no logró suspender los terribles castigos impuestos allí a los negros, por una necesidad fatal de la institución, mal podía prometerse que de casada se aboliesen. Y ora tomase Leonardo estas razones de su amiga cual meros escrúpulos monjiles, ora se persuadiese que ellas quizás le relevarían de una promesa en que ya no se interesaba mucho su corazón, tornó a La Habana sin haber tratado de allanar el inesperado inconveniente.
Volado había el tiempo con inconcebible rapidez. A fines de agosto tuvo Cecilia una hermosa niña; suceso que, lejos de alegrar a Leonardo, parece que sólo le hizo sentir todo el peso de la grave responsabilidad que se había echado encima en un momento de amoroso arrebato. Aquella no era su esposa, mucho menos su igual. ¿Podría presentarla sin sonrojo, magüer que bella como un sol, en ninguna parte? No había él descendido tanto todavía por la cuesta suave del vicio, que hiciese del sambenito gala.
Se desvanecía, sin duda, la ilusión con la fácil posesión del objeto codiciado que consistía tan sólo en la cualidad deleznable antes mencionada. Al amor hizo en breve lugar la vergüenza. Tras ésta debía presentarse el arrepentimiento, y se presentó al galope, mucho antes de lo que era de esperarse, supuestas las condiciones de alma fría y moral laxa de que había dado pruebas el joven Gamboa.
Los primeros síntomas del cambio no tardó Cecilia en descubrirlos con dolor; en pos vino el tropel de los celos a complicar la situación de las cosas. A los tres o cuatro meses de unión ilícita fueron menos frecuentes y menos prolongadas las visitas de Leonardo a la casa de la calle de las Damas. ¿De qué valía que él colmase de regalos a la querida, que se adelantase a todos sus gustos y aun caprichos, si era cada vez más frío y reservado con ella, si no mostraba orgullo ni alegría por la hija, si no pudo lograr jamás que trocara siquiera por una noche la casa de los padres por la suya propia?
Explícase la extraña conducta de Leonardo con Cecilia, por la grande influencia que sobre él ejercía su enérgica madre. Porque era cosa cierta que si del mozo habían huido todas las virtudes a la temprana edad de 22 años, como huyen las tímidas palomas del palomar herido por el rayo, no era menos cierto que aún calentaba su corazón marmóreo el dulce amor filial.