Doña Rosa, además, había averiguado por aquellos días la historia verdadera del nacimiento, bautizo, crianza y paternidad de Cecilia Valdés, contado ahora por María de Regla con el objeto de obtener el completo perdón de sus pecados y alguna ayuda en favor de Dionisio, que seguía en estrecha prisión. Espantada dicha señora del abismo a que había empujado a su hijo, le dijo con aparente calma:
—Estaba pensando, Leonardito, que es hora de que sueltes el peruétano de la muchachuela... ¿Qué te parece?
—¡Jesús, mamá! replicó escandalizado el joven. Sería una atrocidad.
—Sí, es preciso, añadió la madre en tono resuelto. Ahora, a casarte con Isabel.
—¿También ésa? Isabel ya no me quiere. Tú has leído sus últimas cartas. En ellas no habla de amores, habla únicamente de monjío.
—¡Disparate! No hagas caso. Yo arreglo el negocio en dos palotadas. Han cambiado las cosas. Conviene que se case temprano el mayorazgo, siquiera no sea con otro fin que el de asegurar sucesión legítima para el título. A casarte con Isabel, digo.
Por carta de don Cándido a don Tomás Ilincheta, pidió doña Rosa la mano de Isabel para su hijo Leonardo, heredero presunto del condado de Casa Gamboa.
En respuesta, la presunta novia, acompañada de su padre, hermana y tía, vino a su tiempo a La Habana y se desmontó en casa de sus primas, las señoritas Gámez. Quedó, pues, aplazado el matrimonio para los primeros días de noviembre, en la pintoresca iglesia del Ángel, por ser la más decente, si no la más cercana a la feligresía propia. La primera de las tres velaciones regulares se corrió el último domingo del mes de octubre, pasadas las ferias de San Rafael.
No faltó quien comunicara a Cecilia la nueva del próximo enlace de su amante con Isabel Ilincheta. Renunciamos a pintar el tumulto de pasiones que despertó en el pecho de la orgullosa y vengativa mulata. Baste decir que la oveja, de hecho, se transformó en leona.
Al oscurecer del 10 de noviembre llamó a la puerta de Cecilia un antiguo amigo suyo, a quien no veía desde su concubinaje con Leonardo.