—¡José Dolores! exclamó ella echándole los brazos al cuello, anegada en lágrimas. ¿Qué buen ángel te envía a mí?
—Vengo, repuso él con hosco semblante y tono de voz terrible, porque me dio el corazón que Celia podía necesitarme.
—¡José Dolores! ¡José Dolores de mi alma! Ese casamiento no debe efectuarse.
—¿No?
—No.
—Pues cuente mi Celia que no se efectuará.
—Sin más se desprendió él de sus brazos y salió a la calle. Cecilia, a poco, con el pelo desmadejado y el traje suelto, corrió a la puerta y gritó de nuevo: ¡José! ¡José Dolores! ¡A ella, a él no!
Inútil advertencia. El músico ya había doblado la esquina de la calle de las Damas.
Ardían numerosos cirios y bujías en el altar mayor de la iglesia del Santo Ángel Custodio. Algunas personas se veían de pie, apoyadas en el pretil de la ancha meseta en que terminan las dos escalinatas de piedra. Por la mira a la calle de Compostela subía un grupo numeroso de señoras y caballeros cuyos carruajes quedaban abajo. Ponían los novios el pie en el último escalón, cuando un hombre que venía por la parte contraria, con el sombrero calado hasta las orejas, cruzó la meseta en sentido diagonal y tropezó con Leonardo, un el esfuerzo de ganar antes que éste el costado del sur de la iglesia, por donde al fin desapareció.
Llevose el joven la mano al lado izquierdo, dio un gemido sordo, quiso apoyarse en el brazo de Isabel, rodó y cayó a sus pies, salpicándole de sangre el brillante traje de seda blanco.