—Pues tú siempre estás al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber, pero eres ciega para sus faltas.
—No sé yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menos recientemente.
—¡Ya! ¿No lo decía yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van a perder a ese muchacho. ¡Tirso! tronó don Cándido.
Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se había refugiado, luego que sus amos entablaron el anterior, brevísimo diálogo, entró por el zaguán adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores, por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 de setiembre. Vestía ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernas estaban arremangadas hasta poco más abajo de las rodillas, como para dejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes en vez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, con hebilla de plata al lado, y tenía argollas de oro en las orejas, pañuelo atado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en la izquierda el ronzal de un caballo que traía rabiatado otro del mismo color y estampa, ambos recién salidos del baño, pues aun escurrían agua o sudor, y el último tenía la cola hecha un nudo. El mulato había cabalgado en el primero desde la caballeriza al baño, cerca del Muelle de Luz, porque todavía llevaba el sudadero, a falta de silla.
—Pero aquí está Aponte, agregó don Cándido viéndole asomar. ¡Aponte!
—No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doña Rosa.
—Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insistió el marido. ¿A qué hora trajiste anoche (hablando con Aponte) a tu amo?
—A las dos de la madrugá, contestó Aponte.
—¿Dónde pasó tu amo la noche? añadió don Cándido.
—Es inútil que lo diga, interrumpió la señora. Aponte, lleva esos caballos al pesebre.