—¿Dónde pasó tu amo la noche? repitió don Cándido en voz de trueno, viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.

—Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dónde pasó la noche mi amo el niño Leonardito.

—¡Qué! ¿Cómo se entiende?

—Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresuróse Aponte a explicar, notando que don Cándido montaba en cólera; porque primeramente yo llevé el niño Leonardito a Santa Catarina, dispués lo llevé al muelle de Luz, dispués lo estuve esperando en el muelle de Luz hasta las doce de la noche, dispués lo llevé otra vuelta a Santa Catarina, dispués...

—¡Basta! dijo doña Rosa enojada. Quedo enterada.

Aponte se retiró con los caballos, pasando por el comedor y el patio en dirección de la caballeriza, y don Cándido, volviéndose para su mujer, le dijo:

—¿Qué te-a-ele-tal? ¿No te parece reciente la de anoche? Yo no sabía nada, sospechaba únicamente, porque conozco a mi hijo mejor que tú, y ya has oído que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vez no fue solo. ¿Quiéres oír ahora con quiénes y cómo pasó la mitad del tiempo en Regla? ¿No lo adivinas? ¿No lo sospechas?

—Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observó doña Rosa con ligero desdén, ¿qué aprovecharía? ¿Dejaría yo por eso de quererlo como lo quiero?

—Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; saltó impaciente don Cándido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en lo serio.

—Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de la juventud.