—Acabáramos. No la conocí, en efecto. Me pareció muy delgada y trigueña, allá era la más linda del partido.

—Todas las muchachas cuando van para tías se ponen delgadas y palidecen; y lo que es Isabel tiene razón para ambas cosas, pues cuenta mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.

—Todavía te casas tú con ella el día menos pensado.

—¿Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero más me gustaba allá, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de primera. No menos que tu Rosa.

—Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama enamorada de ti. ¡La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si vale decir verdad, eres el más inconstante y voluble de los hombres.

—Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeño por una muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que sí, aunque sea más linda que María Santísima, se me caen a los pies las alas del corazón. Desde mayo no le escribo. ¿Qué pensará de mí? Y es que estas muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.

—¿Dónde parará ella?

—De seguro en casa de las Gámez, sus primas, detrás del Convento de las monjas Teresas.

—¿Esperas tropezar ahí con Rosa? Cuando no estaba en el quitrín con Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a mí, te juro que no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estará ella hecha un moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender impunemente.

—Razón tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes hacer por aplacar su enojo...