—Conciencia, conciencia, repitió Leonardo en tono desdeñoso. ¿Quién la tuvo jamás en tratándose de mujeres?

—¡Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.

Esta última observación la hizo Pancho Solfa, que había estado oyendo el breve diálogo de los dos amigos. Leonardo le miró de alto a bajo; no por desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en estatura, y le dijo serio:

—Tú vas a parar en fraile capuchino. Luego, volviéndose con viveza para Meneses, añadió: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.

—No lo comprendo, dijo Meneses.

—Ya lo verás, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosiguió hablando con los que le seguían desde el colegio; vámonos que ya esto fastidia.

Conocidamente Leonardo se había puesto de mal humor; algo le contrariaba el ánimo, y él no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas bajó a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez más en medio del bullicio popular, cuando volvió a su ser natural y a las vivezas de su carácter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas, alcanzó un caballero de mediana edad que llevaba la misma dirección que los estudiantes. Leonardo le pasó los brazos por debajo de los suyos, le cubrió los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:—Adivina quién soy.

En vano el desconocido trató de desasirse de las garras del estudiante, en la persuasión quizás de que el objeto de aquella violencia era robarle a la claridad del día y a la vista del pueblo. Pero Leonardo, luego que se le reunieron los compañeros y multitud de curiosos, soltó al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en señal de respeto y arrepentimiento, le dijo:—Pido a Vd. mil perdones, caballero. He sufrido una equivocación lamentable, pero Vd. tiene la culpa, porque se parece a mi tío Antonio como un huevo a otro huevo.

Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero desconocido, comprendiendo la burla, estalló en expresiones de mal humor y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la época. Aquella ridícula escena pasó con más rapidez de lo que hemos acertado a pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pasó Leonardo la calle de Chacón, metió la punta de su caña de Indias en una rolliza tortilla de maíz que empezaba a dorarse al calor del burén de una negra más rolliza todavía y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y rodeada de sus cachivaches, y la levantó en el aire. Hizo la tortillera una exclamación de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como era tan gorda y pesada, echó a rodar la mesita que tenía delante, donde había otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aumentó su disgusto y se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses, quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen corazón, sacó del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los arrojó al pecho abultado de la negra, y acertó a depositárselos en el seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escasísimo traje.

Si con esto se le pasó el enojo o cesaron sus lamentos, los estudiantes no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, en la calle del Tejadillo corta la de Compostela en ángulo recto y luego se encuentra la del Empedrado, dicha así por haber sido la primera en que se empezó a ensayar el sistema de pavimento de las calles de La Habana con chinas rodadas y arroyo en medio. Por ella torció Leonardo a la derecha, y después de saludar a sus compañeros y decir a sus íntimos amigos Meneses y Solfa que podían, si querían, esperarlo en la plazoleta inmediata de Santa Catalina, donde se reuniría con ellos dentro de un cuarto de hora. Pero siendo ya la de almorzar, según la costumbre de Cuba, ellos prefirieron continuar a sus casas respectivas, y así se separaron de Leonardo hasta la noche en la feria del Santo Ángel Custodio.