—¿Qué quieres decir con esa salida de pie de banco? preguntó doña Rosa molesta no menos que sorprendida.
—¡Ay, mamá! ¿Tú no sabes que según las leyes romanas son plagiarios todos aquellos que roban hombres para venderlos?
—Ya. En ese caso tu padre no es el verdadero plagiario, como dices, sino don Pedro Blanco, quien es sabido, desde su factoría en Gallinas, en la costa de Guinea, (tantas veces he oído esos nombres que se me han quedado impresos) trata negros por baratijas y otras cosas y remite los cargamentos a esta Isla. Tu padre toma los que necesita para sus fincas y los demás los vende a los hacendados, porque él hasta hace poco ha estado actuando como consignatario y antes como socio de Blanco, cuando no se tenía por contrabando la trata de África, o se toleraba. Por su cuenta al menos, no ha despachado sino contadas expediciones. De un momento a otro espera la vuelta de su bergantín Veloz. ¡Dios quiera que no haya caído en las garras de los ingleses!
—Tú, sin querer, estás abogando en mi favor. Yo dije lo que dije en broma, pero es claro, mamá, que conforme a un principio de derecho tanto delito comete el que mata la vaca como el que le sujeta la pata.
—No me vengas con tus principios, tus fines ni tus leyes romanas. Digan ellas y ellos lo que gustes, la verdad es que existe mucha diferencia entre la conducta de tu padre y la de don Pedro Blanco. Este se halla allá, en la tierra de esos salvajes; él es quien los procura en trato, él es quien los apresa y remite para su venta en este país; de suerte que, si hay en ello algún delito o culpa, suyo será, en ningún caso de tu padre. Y, si bien se mira, lejos de hacer Gamboa nada malo o feo, hace un beneficio, una cosa digna de celebrarse, porque si recibe y vende, como consignatario, se entiende, hombres salvajes, es para bautizarlos y darles una religión que ciertamente no tienen en su tierra. Conque si lo dices por esto, ya sabes que, en caso de titular, en lo que por ahora no piensa, no le faltarían títulos bonitos y sobre todo, honrosos. Pues como te decía antes, esta vez no me será dado complacerte sin acudir a la bolsa de tu padre.
—¿Por qué no acudes?
—Porque tendría que decirle la verdad, esto es, que quería el dinero para hacerte un regalo.
—Bien, ¿y qué? El nunca te niega nada.
—Es cierto; pero como está tan enojado contigo, temo que me lo niegue.
—¿Cuándo no está él enojado conmigo, mamá? Esa es enfermedad endémica suya, crónica, mejor dicho. Si salgo, porque salgo; si no salgo, porque me estoy en casa. De todos modos, entra el año y sale el año y papá nunca está contento conmigo. Me ha cogido entre ojos, mamá, ésta es la verdad pura y dura. ¿Para qué andarnos con rodeos? El resultado es que no le pareces bien nada de lo que yo hago o deshago.