—No es tu padre tan injusto, ni tan falto de amor paternal, que si te portaras bien, creería que te portabas mal. Mira, sin ir más lejos, anoche estuviste de correntón en Regla. ¿A qué hora volviste?

—¿Por quién lo ha sabido él?

—Importa poco el conducto, pero sabe que se lo dijeron esta mañana en el muelle de Caballería.

—¡Vamos! Esa no cuela. Al muelle no acuden temprano sino los tasajeros y husmeadores de noticias, porque ése es su mentidero, pasándose la mañana esperando que el Morro señale el Correo de España, barco de Santander o de Montevideo, con harina o con tasajo. Semejantes nenes no frecuentan los bailes del Palacio de Regla. El cuentista ya caigo en quién fue, no pudo ser otro que Aponte. Te aseguro que ya me la pagará el muy perro conversador.

—No fue ese el soplón. Sin embargo, aunque lo hubiese sido, harías mal en pegarle por eso, pues si tu padre le preguntó, no sé yo cómo pudo ocultarle la verdad.

—Pudo decir que no sabía, que no oyó la campana del reloj del Espíritu Santo, que... cualquier cosa, menos que yo vine a tal o cuál hora, ni que estuve acá ni allá. Tiene muy floja la lengua el taita Aponte y papá le dio por la vena del gusto preguntándole. Milagro que no le contó... Pero, en resumidas cuentas, ¿qué estuve yo haciendo en Regla anoche?

—No me lo digas, no quiero saberlo, supongo que no hacías nada malo. El resultado es, Leonardito, que tú no te aplicas a los estudios, que no adelantas en nada bueno ni útil, y que el tiempo que debías dedicar a la lectura y a la meditación, lo desperdicias en fiestas frívolas y en correrías tan dañinas como peligrosas. Eso no puede gustarle a él, ni... a mí tampoco, por lo mismo que te quiero entrañablemente. Quiere tu padre y quiero yo que estudies más y que pasees menos, que te diviertas, pero que no te entregues a la disipación, que no pases malas noches, que te moderes, que..., en una palabra, te portes bien.

La emoción que experimentó doña Rosa la privó del uso de la palabra, arrasándose de lágrimas sus hermosos ojos.

—Tú no sirves para predicador, le dijo Leonardo, tal vez con ánimo de distraer su atención, porque te posesionas demasiado del asunto.

—Por lo que toca a Aponte, continuó doña Rosa luego que se hubo serenado, ya sé que es un conversador, mas, en honor de la verdad, debo decir que tu padre supo la hora a que volviste por el ruido que se hizo en el zaguán con la apertura de la puerta, la entrada del carruaje y las pisadas de los caballos. Con el silencio de la noche, todo ruido es un trueno. El despertó, encendió un tabaco con el yesquero, consultó el reloj e hizo una exclamación de enojo. Yo me hice la dormida. Eran las dos y media de la madrugada... Aún se te conoce en la cara la mala noche.