Hubo otro breve intervalo de silencio entre aquellos dos interlocutores, durante el cual Leonardo bostezó y se esperezó diferentes veces, hasta que, puesto en pie, dijo:
—Me voy a dormir... Si me compras el reloj, bueno; si no, poco importa.
Dio media vuelta y emprendió la subida de la escalera de su dormitorio, paso ante paso, cual si contara los escalones o le costara un grande esfuerzo. La madre, entre tanto, le siguió con los ojos, sin decirle otra palabra ni moverse de la silla; pero así que le perdió de vista en los altos de la escalera, se agitó con viveza y llamó en voz fuerte:—¡Reventos!
A una llamada tan apremiante, no tardó en responder en propia persona el mayordomo mencionado en el anterior capítulo. Era un hombre bajo de cuerpo, rechoncho, trigueño, con la cara redonda y el pelo muy crespo, que así en su aspecto como en sus maneras manifestaba resolución y agilidad. Aunque vestido de limpio, venía en chaleco, trasluciéndose a leguas que procedía de Asturias, tipo no muy común del español entonces en La Habana. Hacía de mayordomo en casa de don Cándido Gamboa, y si llevaba ciertos libros, no se ocupaba tanto en el escritorio, como en otras comisiones más en consonancia con su empleo. Cuando se presentó delante de doña Rosa, tenía la pluma detrás de la oreja, y ella le dijo en tono de mando:
—Reventos, diga a Gamboa que me mande con Vd. veinte onzas.
Fue el hombre y volvió sin demora con el dinero pedido, el cual sacó de la caja de hierro pequeña, debajo de la carpeta, en que había varios sacos atestados de monedas de oro y plata.
—Póngase la chaqueta, añadió doña Rosa derramando las onzas sobre la mesa para contarlas, y vaya ahora mismo a la calle del Teniente Rey, a la otra puerta de la botica de San Agustín, relojería de Dubois, y se compra Vd. el mejor reloj de repetición que haya recibido últimamente de Ginebra. Diga Vd. que es para mí. ¿Se ha enterado Vd.?
—Sí, señora.
—Supongo que Vd. no entiende de relojes.
—No se me alcanza mucho, que digamos, pero en Gijón, donde yo nací y me crié, hay más de una relojería; y un tío mío, hermano de mi madre, que en paz descanse, tenía en la uña, como quien dice, el mecanismo de los relojes.