—Yo no me ocupo de eso, ni a derechas sé quién es mi padre, sólo sé que no fue negro, volvió Pimienta a interrumpir el torrente impetuoso del maestro sastre. Lo que yo sostengo es, que ni a Vd., ni a mí, ni... a nuestros hijos, según van las cosas, nos tocará ser martillo. Y es muy duro, durísimo, insufrible, señó Uribe, agregó José Dolores, y se le nubló la vista y le temblaron los labios, que ellos nos arrebaten las de color, y nosotros no podamos ni mirar para las mujeres blancas.
—¿Y quién tiene la culpa de eso? continuó Uribe hablando otra vez al oído del oficial, como para que no le oyera su mujer: la culpa la tienen ellas, no ellos. No te quepa género de duda, porque es claro, José Dolores, que si a las pardas no les gustaran los blancos, a buen seguro que los blancos no miraban para las pardas.
—Puede ser, señó Uribe; pero, digo yo: ¿no tienen los blancos bastante con las suyas? ¿Por qué han de venir a quitarnos las nuestras? ¿Con qué derecho hacen ellos eso? ¿Con el derecho de blancos? ¿Quién les ha dado semejante derecho? Nadie. Desengáñese, señó Uribe, si los blancos se contentaran con las blancas, las pardas no mirarían para los blancos.
—Hablas como un Salomón, chinito, sólo que eso no es lo que sucede, y es preciso atenerse a cómo son las cosas y no como queremos que sean. Yo me hago este cargo: ¿qué vale quejarse ni esperar que todo ha de salir a medida del deseo de uno? Ni ¿qué puedo yo solo, qué puedes tú, ni qué puede el otro contra el torrente del mundo? Nada, nada. Pues deja ir. Cuando son muchos contra uno, no hay remedio sino hacer que no se ve, ni se oye, ni se entiende, y aguardar hasta que le llegue a uno su turno. Que ya llegará, yo te lo aseguro. No todo ha de ser rigor, ni siempre ha de rasgar el paño a lo largo. Intertanto aprende de mí, recibo las cosas como vienen y no pretendo enderezar el mundo. Podría salir crucificado. Tú todavía vas a tragar mucha sangre, lo estoy mirando.
—¿Qué importa? dijo el oficial con calor. Con tal que otros la traguen al mismo tiempo que yo...
—Ese es el caso, que si tú te calientas y tomas las cosas por donde más queman, no logras que otros traguen sangre, sino que la tragas tú a borbollones. Y eso es lo que pretenden los pícaros de los blanquitos. Bien, no te digo que te dejes sopetear de nadie, pues yo tampoco me he dejado pasar la mota. Lo que te digo es que no pierdas los estribos y aguardes la ocasión. ¿Ves ahí a Clara, tan formalota, tan seria? Ella cuando moza tuvo también más de un blanco tentador, y logré espantarlo sin mucho trabajo ni quebradero de cabeza. Así te digo, José Dolores, no te apures, ni te pongas bravo, porque llevas la de perder: te comes los hígados y sacas... lo que somos. Deja correr y aprenderás a vivir.
Durante esta larga y animada conversación, no cesó un punto la probadura de la casaca. Ya cogía Uribe una solapa con la mano derecha, la sacudía y atraía a sí, a tiempo que con la izquierda abierta comprimía los pliegues de la camisa del oficial por el pecho y el costado; ya mataba las ondas de la espalda, de los hombros para el centro; ya con el jabón de piedra trazaba crucetas a lo largo de las costuras de los costados; ya, en fin, metía las tijeras por la orilla del cuello y de las boca-mangas y sisaba el paño adherido por los hilvanes de hilo blanco a las entretelas de cañamazo. Así el embrión de frac tomaba poco a poco la forma del cuerpo del oficial bajo la tijera y la astilla de jabón de Uribe, sin que a todas éstas tuviese él la certidumbre de que le viniese bien a su legítimo dueño; pero fiaba el maestro mucho en su experiencia y conocida habilidad. Siempre que se le ofrecía alguna duda respecto al tamaño, ocurría a la tira de papel doblada en dos con piquetes en ambas orillas, que le servía de medida y rectificaba las dimensiones.
Media hora larga se había pasado en esta faena del maestro con su oficial, cuando paró una volante de alquiler a la puerta de la sastrería y se apeó de ella, de un salto, el intrépido joven que había servido de asunto, por la mayor parte, de su sazonada conversación.
Capítulo II
No es caballero el que nace,
sino el que lo sabe ser.