La llegada repentina del joven mencionado al final del capítulo anterior, esperada y todo, sorprendió al maestro sastre, con tanto más motivo que su oficial aguardaba precisamente aquel momento para echar atrás los brazos y soltarle en las manos la pieza de ropa en estado de prueba.

Esto, sin embargo, no fue parte para que él dejase de salir al encuentro de Leonardo Gamboa y recibirle con muchas sonrisas y zalamerías.

Si el joven recién llegado observó o no la retirada precipitada de Pimienta, o si adivinó el motivo, es más de lo que puede afirmarse con probabilidad de acierto. Fuerza es decir, no obstante, que hasta allí Leonardo ignoraba que tuviese un enemigo acérrimo en el músico; y que, además, se creía superior para ocuparse de las simpatías o antipatías de un hombre de baja esfera, mulato por añadidura. Lo seguro es que ni siquiera sospechó que había acabado de ser el objeto casi exclusivo de la conversación del maestro sastre y de su oficial. Venía, además, allí a hora fija y por cita expresa, sólo se demoraría el tiempo necesario. No había, por tanto, ocasión ni motivo de dar su atención y pensamientos a cosas ajenas al traje que hacía el maestro Uribe. Tampoco éste le dio lugar a divagaciones.

Como tenía por costumbre Leonardo, al apearse sacó una peseta del bolsillo del chaleco y se la arrojó al calesero, el cual la recibió en el aire. Luego, sin más demora, se encaminó derecho al sastre, cortándole, en medio de sus obsequiosas demostraciones, con la pregunta:

—¿Qué hay de mi ropa? ¿Lista?

—Casi concluida, señor don Leonardito.

—Lo temía, lo esperaba, replicó éste impaciente. Un zapatero remendón tiene más palabra que tú, Uribe.

—Pues ¿qué hora es, caballero Gamboa?

—Son las cuatro y más de la tarde; y me prometiste la ropa para ayer tarde.

—Perdone el caballero, se la prometí para hoy a las siete de la noche. Es decir, concluida y planchada de un todo. Porque el caballero debe estar enterado que de mi taller no sale pieza sin todos sus periquitos y ringo rangos. Cuente el caballero que este pobre sastre no posee otra cosa que su reputación, como que viste, hace más de diez años, a la grandeza de La Habana, y nadie podría decir en justicia que Francisco de Paula Uribe y Robirosa...