Al entrar el primero de los personajes arriba nombrados, le puso familiarmente la mano en el hombro a Leonardo, le llamó por este nombre, y le trató de tú por tú. Habían sido condiscípulos de Filosofía en el Colegio de San Carlos desde 1827 a 1828, en cuya última fecha O'Reilly se había separado para ir a España y proseguir sus estudios hasta recibirse de abogado, como se recibió, tornando a los patrios lares sólo unos pocos meses antes del día de que aquí hablamos, con el empleo de Alcalde Mayor. Después de dos años de ausencia, aquélla era la primera vez que se veían, no habiendo tenido Leonardo ocasión ni humor de ir a saludarlo, quizás porque, si bien antiguos condiscípulos, no había dejado él de ser miembro de una familia la más orgullosa de La Habana, de la primera grandeza de España. Por otra parte, partió soltero y volvió casado con una madrileña, motivo de más para que sus gustos y aficiones ahora fuesen muy distintos de lo que fueron cuando juntos concurrían a oír las elocuentes lecciones del amable filósofo Francisco Javier de la Cruz.
La ocasión de aquella afluencia de señores y sus criados no era otra que el baile de tabla que se celebraba por la noche del mismo día, en los altos del palacio situado en la calle de San Ignacio esquina a la del Teniente Rey, alquilado para sus funciones por la Sociedad Filarmónica, en 1828. Desde los días del carnaval, a fines de febrero, en que coincidieron los festejos públicos por el casamiento de la princesa de Nápoles, doña María Cristina con Fernando VII de España, la Sociedad antes dicha no había vuelto a abrir sus salones. Ahora lo hacía como para despedir el año de 1830, pues es sabido que la gente principal de La Habana, única con derecho a concurrir a sus funciones, se marchaba al campo desde principios de diciembre y no volvía a la ciudad sino hasta mucho después de Reyes. En vísperas del sarao, la juventud de ambos sexos acudía en tropel a los establecimientos de modas y novedades para hacerse de trajes nuevos, de adornos, joyas y guantes. Las sastrerías como la de Federico, Turla y Uribe, que eran las favoritas; los almacenes como los del «Palo Gordo» y de «Maravillas»; las joyerías como las de Rozan y «La Llave de Oro»; las tiendas de modistas como la de madama Pitaux; las zapaterías como la de Baró, en la calle de O'Reilly y la de «Las Damas» en la calle de la Salud esquina a la de Manrique, extramuros de la ciudad, varios días anteriores al señalado para el baile se veían asediados a mañana y tarde, por las señoritas y jóvenes más distinguidos por su elegancia y el lujo de sus trajes. Las primeras por esa época empezaban a usar los zapatos o escarpines de raso blanco a la China, con cintas para atarlos a la garganta del pie y mostrar las medias de seda caladas, siendo así que el vestido se llevaba sobre lo corto. Los hombres usaban también escarpines de becerro con hebillita de oro al lado de fuera y calcetas de seda color de carne.
Con los caballeros, Uribe echó el resto de la cortesía y de la amabilidad, de que sabía revestirse cada vez que le convenía; con los criados, aunque acudían en nombre de personas de elevada posición, fue seco y parco en demostraciones civiles. Pero tuvo habilidad bastante para dejarlos a todos contentos y satisfechos, como que nada le costaba prodigar promesas a diestro y a siniestro, que es moneda imaginaria con que se pagan la mayor parte de las deudas en sociedad. De esta manera cumplió exactamente con los que le hablaron gordo desde el principio; a los restantes dio un solemne chasco, sin perder por eso su patrocinio. E idos todos, porque ninguno calentó asiento, se puso desde luego a habilitar las piezas que se proponía concluir para aquella noche. No descuidó, por supuesto, la casaca verde invisible de Gamboa; quien, satisfecho de que no sería chasqueado de nuevo, cedió a las vivas instancias de su amigo Fernando O'Reilly y le acompañó en el quitrín al paseo, llamado por imitación del famoso de Madrid, el Prado.
Ocupaba éste, y ocupa en el día, el espacio de terreno que se dilata desde la calzada del Monte hasta el arrecife de la Punta al Norte, al morir el glacis de los fosos de la ciudad por el lado del oeste. Cienfuegos extendió el paseo de la calzada del Monte hasta el Arsenal hacia el sur; pero jamás se ha usado como tal esa parte sino como calle Ancha, cuyo nombre lleva. Entre las obras de adorno que tuvieron origen en el gobierno de don Luis de las Casas, se cuenta el nuevo Prado (el de que hablamos ahora). El Conde de Santa Clara concluyó la primera fuente que dejó en proyecto las Casas, y construyó otra más al norte; nos referimos a la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de los Leones al extremo. Ambas se surtían de agua de la Zanja real, que atravesaba el paseo (y aún le atraviesa) por el frente del Jardín Botánico, hoy estación principal del ferrocarril de La Habana a Güines, y por la orilla del foso iba a verter sus turbias aguas en el fondo del puerto, al costado del Arsenal. Mucho después, al extremo meridional del Prado, donde estuvo originalmente la estatua en mármol de Carlos III, que don Miguel Tacón trasladó en 1835 a su paseo Militar, hizo construir a su costa en 1837 el Conde de Villanueva la bella fuente de la India o de La Habana.
El nuevo Prado constaba de una milla de extensión, poco más o menos, formando un ángulo casi imperceptible de 80 grados, frente a la plazoleta donde se elevaba la fuente rústica de Neptuno. Le constituían cuatro hileras de árboles comunes del bosque de Cuba, algunos con la edad muy corpulentos, e impropios todos de alamedas. Por la calle del centro, la más ancha, podían correr cuatro carruajes apareados; las dos laterales, más angostas, con unos pocos asientos de piedra, servían para la gente de a pie, hombres solamente, quienes en los días de gala o fiesta se formaban en filas interminables a lo largo del paseo. La mayor parte de éstos, especialmente los domingos, se componían de mozos españoles empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en las oficinas del gobierno, en la marina de guerra y en el ejército, pues por su calidad de solteros y por sus ocupaciones, no podían usar carruaje y visitar el Prado en días comunes. Es de advertirse además, que a la hora del paseo, estaba prohibido atravesar siquiera el Prado en vehículo de alquiler; y si algún extranjero lo hacía por ignorancia de la regla o consentimiento del sargento del piquete de dragones que daba allí la guardia, llamaba la atención y excitaba la risa general del público.
La juventud cubana o criolla tenía a menos concurrir al Prado a pie; sobre todo el confundirse con los españoles en las filas de espectadores domingueros. De suerte que allí tomaba parte activa en el paseo sólo la gente principal: las mujeres invariablemente en quitrín, algunas personas de edad en volante y ciertos jóvenes de familias ricas, a caballo. Ninguna otra especie de carruaje se usaba entonces en La Habana, a excepción del Obispo y del Capitán General que usaban coche. El recreo se reducía a girar en torno de la estatua de Carlos III y la fuente de Neptuno cuando la concurrencia era corta, que cuando era mucha, se extendía hasta la de los Leones u otro cualquier punto intermedio, donde el sargento del piquete calculaba que debía plantar uno de sus dragones, a fin de mantener el orden y de que se guardase la debida distancia entre carruaje y carruaje. Mientras mayor era la afluencia de éstos, menor era el paso a que se les permitía moverse; de que resultaba a menudo un ejercicio muy monótono, no desaprovechado en verdad por las señoritas, cuya diversión principal consistía en ir reconociendo a sus amigos y conocidos, entre los espectadores de las calles laterales, y saludarlos con el abanico entreabierto, de la manera graciosa y elegante que sólo es dado a las habaneras.
Por fortuna la monotonía y la funérea gravedad de tan inocente recreo, a que las autoridades españolas daban el nombre arbitrario de orden, duraban lo que la presencia de los dragones del piquete en la avenida central del Prado, es decir, de las cinco a las seis de la tarde. Porque es cosa sabida que, unas veces con la punta de la lanza, otras a varazos, hacían que los caleseros guardasen el paso y la fila. Pero después de saludar el pabellón español en las fortalezas del contorno, ceremonia previa para arriarlo, lo mismo que las señales del Morro, desfilaba el piquete por la orilla de la Zanja, en dirección de la calle y cuartel de su nombre, y al punto empezaban las carreras, el verdadero ejercicio, la belleza y novedad de la diversión. Espectáculo digno de contemplarse era, en efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo, del nuevo Prado de La Habana, iluminado a medias por los últimos rayos de oro del sol poniente, que en las tardes de otoño o de invierno se degradan en manojos de plata, antes de confundirse con el azul purísimo de la bóveda celeste. Los caleseros expertos se aprovechaban con ganas de la ocasión que se les presentaba para hacer alarde de su habilidad y destreza, no ya sólo en el regir de los caballos, en el girar violento y caprichoso de los quitrines, sino en el tino con que los metían por las estrechuras y la confusión, y los sacaban sin choque ni roce siquiera de unas ruedas con otras. Aún las tímidas señoritas, en el colmo del entusiasmo por el torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en sus conchas aéreas, con la acción y a veces con la palabra, animaban a los jinetes; con que unos y otros contribuían hasta donde más al peligro y grandeza del espectáculo. Poco a poco desaparecía la vaporosa luz crepuscular; una polvareda sutil y cenicienta se elevaba remolinando hasta las primeras ramas de los copudos árboles y cubría todo el paseo; de manera que, cuando uno tras otro los quitrines, con su carga de mujeres jóvenes y bellas, dejaban el estadio en vuelta de la ciudad o de los barrios extramuros, no creía menos el desapercibido espectador sino que salían de las nubes, cual otras Venus, de la espuma de la mar.
En aquellos tiempos en que la Metrópolis creía que la ciencia de gobernar las colonias se encerraba en plantar unos cuantos cañones de batería, se ideó la construcción de las murallas de La Habana, obra que se comenzó a principios del décimo séptimo siglo y se terminó casi al finalizar el décimo octavo. Las tales murallas eran parte de una fortificación vasta y completa, así por el lado de tierra como por el del mar o el puerto; no faltándole cuatro puertas hacia el campo, poternas hacia el agua, puentes levadizos, foso ancho y hondo, terraplenes, almacenes, estacadas, aspilleras, y baluartes almenados; de modo que la ciudad más populosa de la Isla quedaba de hecho convertida en una inmensa ciudadela. Así existieron las cosas hasta la venida del memorable don Miguel Tacón, quien abrió tres puertas más y sustituyó los puentes levadizos con puentes fijos de piedra. Pero en la época de la historia que vamos refiriendo, esto es, cuando sólo existían las cinco puertas originales, las tres del centro llamadas de Monserrate, de la Muralla y de Tierra, eran para el uso del público en carruaje, a caballo y a pie, y las de los extremos, denominadas de la Punta y de la Tenaza estaban destinadas especialmente al tráfico. Por ellas, pues, se acarreaba el azúcar, el café y otros efectos pesados en el único medio de trasporte de entonces, a saber, las enormes primitivas carretas, tiradas por cachazudos bueyes. La guarnición de la plaza, numerosa en los últimos tiempos, daba la guardia en las puertas y en las poternas, juntamente con el resguardo, constituido en todas ellas; pues nadie ni nada entraba ni salía sin estar sujeto a un doble registro, todo según se acostumbra en las plazas sitiadas.
Después de entrado el carruaje en que iban O'Reilly y Gamboa, en el rastrillo interior, donde se hallaba la garita del resguardo, asomó, por la parte opuesta del puente levadizo, un caballo tan cargado de forraje verde de maíz, a que llaman vulgarmente maloja, que no se veían más que los pies y la cabeza, la cual procuraba alzar cuanto podía, a causa sin duda del demasiado peso. Sobre aquella montaña de hierba venía montado a la mujeriega, mejor dicho, recostado a la grupa el conductor o malojero, mozo natural de Islas Canarias, vestido a la usanza de los campesinos cubanos. El centinela español, que se paseaba entre las dos puertas con el fusil al brazo, miró primero hacia el puente, luego hacia el rastrillo, y se plantó en medio de la vía en señal de que ambos debían pararse, hasta que se resolviera cuál de los dos tenía que ciar o desviarse. Pararse el caballo del forraje equivaldría a obstruir el paso; volverse en el estrecho puente era imposible sin exponerse a una caída; en tanto que al carruaje le era fácil arrendar los caballos sobre el cuartel del cuerpo de guardia y dejar expedito el camino. A pesar de su natural torpeza, esto lo vio claro, desde luego, el centinela; así que ordenó con la mano al malojero que se parase y avanzó a paso de carga al carruaje y gritó:—¡Atrás!
Pero orgulloso el calesero de la nobleza y autoridad de su amo, envanecido de los escudos de arma bordados en su librea, lo mismo que de sus espuelas de plata, metal de que estaban sobrecargadas las guarniciones, aún el mismo carruaje, en vez de obedecer la orden del centinela, plantó los caballos delante de la puerta interior, y miró de medio lado a su amo. Venía éste muy embebecido contándole a Gamboa los peligros que había corrido en su ascención al monte Etna en Sicilia, y hasta la parada repentina del carruaje no echó de ver que se había presentado un obstáculo. Naturalmente los ojos del amo se encontraron con los del esclavo que le pedía órdenes:—¡Arrea! le dijo, y como si nada ocurriese, continuó la íntima conversación que traía con su condiscípulo y amigo.