Moviéronse los caballos y entonces el centinela repitió la voz de:—¡Atrás! presentando la bayoneta a sus pechos; a cuya vista O'Reilly, que era soberbio, se puso rojo de la indignación. Medio se incorporó en el asiento, como para mostrar mejor la cruz roja de Calatrava que llevaba bordada en la solapa de la casaca, y gritó:—¡Cabo de guardia! Y luego que éste se le presentó con la mano derecha abierta sobre la frente, agregó:—¡Haga Vd. despejar el paso!
Informose el cabo en un instante de lo que pasaba, y aunque no conocía el sujeto que le había hablado, por el tono imperioso que usó y por la cruz roja, supuso que era un señor principal, jefe, o cosa parecida, y le contestó, siempre con la mano abierta, a la altura de la frente:—El malojero no puede retroceder.
—¿Cómo es eso? exclamó Fernando en el colmo de la cólera. ¿Sabe Vd. con quien habla? Llame al oficial de guardia.
—No hay para qué, repuso el cabo. Ya veremos modo de arreglarlo. No se incomode V. E.
—Haga ciar ese caballo de la maloja... Pronto.
A las voces, acudieron el oficial de guardia, que se entretenía en jugar a los naipes con unos cuantos amigos, y los soldados de facción, los cuales esperaban órdenes sentados en un banco sin respaldo a la puerta del cuartel, mientras los demás dormían a pierna suelta en las tarimas fijas del interior. Aquel militar, que debíamos suponer más enterado que el cabo de la noción de lo justo y de lo injusto, no vio más sino que un caballero cruzado no podía proseguir su paseo porque se lo impedía un paisano con su caballo cargado de forraje. Así que dio la orden perentoria de despejar el puente. Ejecutada en un dos por tres, el monte de forraje verde quedó montado en la barandilla del puente levadizo, única cosa que ocurrió a los soldados hacederos en aquella circunstancias. En efecto, así pudo pasar el carruaje, aunque llevándose en el bocín del cubo parte de la maloja. Todo aquello sucedió tan repentina como inesperadamente para el mozo conductor, que sólo tuvo tiempo de echarse al suelo, no para resistir el atropello, sino para no ser lanzado al foso. Expresó su sorpresa con algunos juramentos, y su enojo con mudas demostraciones; mas nadie le hizo caso. Por el contrario, temeroso de mayor violencia, se apresuró a descargar parte de la hierba, a fin de que el caballo pudiera enderezarse y seguir camino a la ciudad.
En saliendo de la cabeza del puente para coger el estrecho rastrillo de la estacada, había que orillar el foso por corto trecho, pasar por encima de la esclusa de la Zanja, parte de cuyas aguas se vertía en aquél, formando un charco de regulares dimensiones. Pues en el borde del alto terraplén, en el instante en que hablamos, había un grupo de hombres y muchachos en observación de algo que ocurría abajo, en el charco.
—¿Qué es ello? preguntó O'Reilly.
—No sé, contestó su amigo; supongo que gentes que se bañan.
Preguntado el calesero, informó a su amo sin titubear, que eran el mulato Polanco y el negro Tondá, célebres nadadores, riñendo a zapatazos. En efecto, desnudos completamente, cual salvajes del África, zambullían, giraban bajo del agua, y luego procuraban hacerse daño, descargándose tremendos golpes con las piernas, al modo como dicen que hace el cocodrilo cuando ataca la presa. Esto llamaban en Cuba tirar zapatazos. Parece que el inmoral espectáculo se repetía a menudo, supuesto que el calesero de O'Reilly desde luego dijo los nombres de los bañistas y lo que hacían en el agua. El primero más de una vez había acometido a un tiburón en el puerto y le había rendido a puñaladas; además de excelente nadador el segundo, era bien conocido en toda la ciudad por su valor heroico y actividad desplegada en la persecución de los malhechores de su propia raza, con autoridad especial del mismo capitán general don Francisco Dionisio Vives.