El fácil triunfo obtenido sobre el mozo del forraje en la puerta de la Muralla, había envalentonado al calesero, el cual quiso entrar en el paseo por la orilla de la Zanja; pero se lo impidió el dragón con lanza en ristre. A pesar de las protestas de O'Reilly, quien invocó su carácter de Alcalde Mayor, hubo que dar la vuelta a la estatua de Carlos III y esperar allí un claro para incorporarse en la fila. Este fue el primer motivo de mortificación para tan orgulloso joven; el segundo le aguardaba en el punto donde la calle de San Rafael corta el Prado. Desembocaban por ella el coche del general Vives con su escolta de a caballo, todos a galope tendido; y mientras, para abrir campo, los dragones del piquete interrumpían el movimiento de los quitrines de ambas filas, en el paseo, entre los cuales se hallaba el de O'Reilly; dos flanqueadores con sable desnudo detenían y arrollaban a los que pretendían entrar o salir por la puerta del Monserrate, antes que su excelencia el Capitán General.

Probaba esto que había en La Habana alguien superior y más privilegiado que un segundo génito de conde, aunque Grande de España de primera clase. En la acepción recta de la palabra, no era demócrata Leonardo, mas le disgustó mucho el atropello del malojero y casi se alegró de las mortificaciones que experimentó su amigo en el paseo, cual si hubiesen querido humillarle el orgullo. Evidente, pues, aparecía que las distinciones sociales del país, sólo aprovechaban en todas circunstancias a la autoridad militar, ante la cual nobles y plebeyos debían doblar la cerviz.

Capítulo III

Y al compás se agitaban mil bellezas
Que ropajes fantásticos vestían,
Y a mí cual las visiones se ofrecían
De un poeta oriental.

R. Palma

Aquella noche[30] el teatro de la elegancia habanera sentó sus reales en la Sociedad Filarmónica. Brillaron allí con todo su esplendor el gusto y la finura de las señoras, lo mismo que el porte decente de los caballeros. Además de los socios y convidados de costumbre, asistieron los señores cónsules de las naciones extranjeras, los oficiales de la guarnición y de la real Marina, los ayudantes del Capitán General y algunos otros personajes notables por su carácter y circunstancias, como fueron el hijo del célebre Mariscal Ney, que estaba viajando, y el cónsul de Holanda en Nueva York.

Hiciéronse notables los vestidos de tul bordados de plata y oro sobre fondo de raso blanco, por ser de última moda e iguales al que Mme. Minette hizo en París para la actual soberana de España. Las mangas de este traje conocidas con el nombre de a la Cristina, eran cortas, abobadas y guarnecidas su parte inferior con encaje muy ancho. También se vieron otros de tul bordados con muchísima delicadeza, sobre fondo celeste. Llamaron así mismo la atención general los vestidos de tul sobre raso blanco con guarnición en puntas encontradas, adornadas éstas de encaje estrecho y mangas a la Cristina. Otros iguales a estos últimos, pero con diferentes guarniciones, pudieron señalarse, sin que dejase de haber muchos más cuya elegancia y gusto en nada desmerecían de los ya descritos.

Los peinados armonizaban con los vestidos. Llevaban unas turbantes egipcios, otras plumas blancas puestas con mucho donaire; las más, jirafas de todos tamaños, adornadas con flores azules o blancas, guardando unión con el color del traje, y algunas tenían lazos de oro graciosamente colocados. Era grandioso y bello el efecto que producía la reunión de tantas y tan hermosas lechuguinas. Animaba la concurrencia una completa alegría, y rebosaba la sonrisa en los labios de todos. La etiqueta, que generalmente caracteriza a los bailes de la Sociedad, no se vio más que en los vestidos de las señoras y en los trajes de los hombres, los cuales lucieron a porfía sus recamados uniformes de gentiles-hombres, de generales, de brigadieres, de coroneles, de altos empleados, Cadaval y Lemaur sus fajas rojas de seda, al paso que los que no poseían título ni condecoraciones se contentaron con la última moda de París en semejantes reuniones.

Adornaba la testera principal de la sala el magnífico dosel, cuyo centro ocupaba el retrato del rey Fernando VII. Los paños de la pared sostenían cuadros históricos y de las cornisas pendía una colgadura de damasco azul con pabellones blancos guarnecidos de vistosos flecos de seda, sostenida por adornos dorados y clavos romanos, de los cuales caían con gracia cordones y borlones de seda. El cielo raso de la sala estaba vestido de damasco del mismo color de la colgadura.

Cosa de las diez empezó el baile y a las once el salón principal estaba completamente lleno. En los intermedios servían sorbetes y refrescos de todas clases en grandes bandejas de plata sostenidas por lacayos. Las señoras que preferían tomarlos fuera del salón tenían preparada para este efecto una sala alumbrada perfectamente, en donde estaba la repostería y criados prontos para servirlas; pero la política y la urbanidad de los socios y convidados les ahorró un trabajo que para los caballeros se convierte en placer cuando se emplea en servicio de las damas.