La cena se principió entre doce y una de la madrugada, y consistía en pavo fiambre, jamón de Westfalia, queso, gigote excelente, ropa-vieja, dulces secos, conservas, vinos generosos de España y extranjeros, chocolate suculento, café y frutas de todos los países en comercio con la isla de Cuba. Y fue lo más notable que, compitiendo la esplendidez de la mesa con su pródiga abundancia, los manjares no costaban sino el trabajo de pedirlos.
Puede afirmarse sin temor de ser desmentidos que la elegancia y la belleza de La Habana se habían dado cita aquella noche en la Sociedad Filarmónica. Porque allí estaba la marquesa de Arcos, hija del famoso marqués Pedro Calvo, con Luisa, su hija mayor, entonces de quince años de edad. Por ésta había improvisado Plácido aquellos versos que dicen:
Andaba revoloteando
En el ambiente exquisito,
Muerto de sed un mosquito,
Jugo de flores buscando;
Llegó a tu boca, y pensando
Que era una rosa o clavel,
Introduciéndose en él,
Porque allí el placer le encanta
Murió en tu dulce garganta,
Como en un vaso de miel.
Allí las hermanas Chacón, que merecieron por su hermosura figurar en el gran lienzo pintado por Vermay[31] para perpetuar la memoria de la misa que se celebró en la inauguración del Templete de la Plaza de Armas. Allí las Montalvo, de tipo teutónico, una de las cuales fue declarada reina de la belleza, cuando la corrida de cañas el año anterior, en la antigua plaza de Toros del Campo de Marte; allí la Arango, célebre por haber contribuido a la evasión del poeta Heredia, y que después se casó con un Ayudante de campo del Capitán General Ricafort; allí las hermanas Aceval, Venus de Milo en las formas, tan distinguidas por su talento como desdichadas por sus pasiones; allí las hermanas Alcázar, modelos de perfección, así por la simetría de sus menudas facciones, como por las rosas de sus mejillas y el color negro de sus cabellos; allí las Junco y las Lamar, de Matanzas, conocidas bajo el poético vocativo de las Ninfas del Yumurí; allí las tres hermanas de Gamboa, las cuales ya hemos tenido ocasión de describir; allí la Topete, hija del Comandante general del Apostadero de La Habana, que más adelante inspiró a Palma su inmortal «Quince de Agosto», allí la menor de las Gámez, Venus de Belvedere, cuyo cabello castaño, ondulante y copioso, llevaba suelto sembrado de estrellas de oro; allí, en fin, entre otras muchas que sería prolijo enumerar, Isabel Ilincheta, hija del que había sido asesor del Capitán General Someruelos, quien poseía los rasgos principales del tipo severo y modesto celtíbero, a que debía su origen.
Como modelos de varonil belleza, entre los jóvenes concurrentes al baile de la Sociedad aquella noche, pudiera hacerse mención del Teniente coronel de Lanceros del Rey, Rafael de la Torre, quien unos días después murió estrellado contra las ruedas de los quitrines en el Paseo, junto a la estatua de Carlos III, víctima de la fogosidad de su caballo; Bernardo Echeverría y O'Gabán, que en los días de gala gustaba vestir el uniforme de gentil-hombre de Cámara con entrada, por cuanto podía lucir las bien hechas y rollizas piernas; Ramón Montalvo, en la flor de su edad, bello como un inglés de la más pura sangre; José Gastón, el verdadero Apolo de Cuba; Dionisio Mantilla, recién llegado de Francia, que venía hecho un cumplido parisiense; Diego Duarte, el feliz campeón de las corridas de cañas celebradas el año anterior, con motivo de las nupcias de Fernando VII con María Cristina de Nápoles; varios oficiales de la marina y del ejército español en sus vistosos uniformes, más propios de una parada que de un baile particular.
También contribuyó al lustre de la fiesta la presencia de algunos jóvenes que empezaban a distinguirse en el cultivo de las letras, a saber: Palma, que había sido uno de los competidores en la corrida de cañas; Echeverría empleado en la Hacienda, que el año siguiente alcanzó el premio en el concurso poético abierto por la Comisión de Literatura, con objeto de celebrar el nacimiento de la Infanta de Castilla, Isabel de Borbón; Valdés Machuca, conocido por Desval en la república de las letras; Policarpo Valdés, que se firmaba Polidoro; Anacleto Bermúdez, que solía publicar versos bajo el nombre de Delicio; Manuel Garay y Heredia, que imprimía sus versos en La Aurora de Matanzas; Vélez Herrera, el autor del romance cubano Elvira de Oquendo; Delio, el cantor de las ruinas del Alhambra; Domingo André, joven abogado, elocuente y amable; Domingo del Monte, que introdujo el romance cubano, de variados conocimientos y muy distinguido porte.
Diego Meneses, Francisco Solfa, Leonardo Gamboa y otros varios, que también se hallaban en el baile, si se exceptúan el segundo que era dado a los estudios filosóficos, y el tercero que entraba ya en la clase rica, no se hacían notables por su talento, aunque los tres solían escribir en los periódicos literarios; y el último pasaba, además, por mozo de buen parecer y varoniles formas. Los literatos, mejor dicho, los aficionados a las letras, sobre todo los que cultivaban la poesía, empezaban a tener entrada con la gente que podía tenerse por noble en Cuba, o que aspiraba, por su caudal, a la nobleza y alternaba con ella. Mostraban al menos distinción por ellos algunas familias tituladas de La Habana y los atraían a sus fiestas y reuniones, entre otras, por ejemplo, los condes de Fernandina, los de Casa Bayona, los de Casa Peñalver, los marqueses de Montehermoso y los de Arco. Dichas fiestas y reuniones en los días de pascuas de navidad se trasladaban a los lindísimos cafetales de San Antonio, de Alquízar, de San Andrés y de la Artemisa, que pertenecían a la gente rica.
No se presentaron en los salones de la Sociedad nuestros amigos Gamboa, Meneses y Solfa, sino hasta cerca de las once de la noche. Durante las primeras horas habían estado visitando los bailes de la feria del Ángel, el de Farruco y el de Brito, sin olvidar la cuna de la gente de color, en la calle del Empedrado, entre Compostela y Aguacate. En ninguno de esos sitios habían tomado ellos parte activa, si se exceptúa el primero, quien al juego del monte perdió en un instante las dos onzas de oro que aquella misma tarde le había metido su madre en el bolsillo del chaleco. No conocía el valor del dinero, ni jugaba por amor a la ganancia, sino por el placer de la excitación del momento; pero sucedió que los bailes no le prestaron atractivo ninguno, desertados de las muchachas bonitas; que no logró ver a Cecilia Valdés en la ventana de la casa, ni en la cuna, cosas todas que se conspiraron para ponerle de malísimo humor. Para remate de desdichas, cuando perdidoso y disgustado volvía con sus amigos en busca del quitrín, que había dejado apostado en la calle del Aguacate al abrigo de las altas paredes del convento de Santa Catalina, descubrió que no estaba allí, ni fue posible encontrarle sino media hora después y en punto opuesto y distante.
Por otra parte, preguntado el calesero sobre el motivo que le indujo a desobedecer una orden terminante de su joven amo, dio al principio respuestas evasivas, y al fin, apretado, dijo que un desconocido, medio cubierto el rostro con un pañuelo, le había forzado a abandonar el puesto y fingir que se volvía a casa, valiéndose de amenazas terribles. No parecía creíble el cuento: hubo empero que aceptarlo como bueno y verídico; lo que, si cabe, aumentó el mal humor de Leonardo, porque en caso de ser cierta la relación del calesero, ¿quién podía ser ese sujeto, ni qué interés tener en que el carruaje aguardase en una u otra esquina de la calle? ¿Por qué emplear amenazas? ¿Qué autoridad tenía para ello? Aponte no pudo decir si el desconocido era militar o paisano, comisario de barrio o magistrado, hombre blanco o de color. Tal vez era un inesperado y desconocido rival que de aquel modo se preparaba a disputarle el cariño de Cecilia Valdés.
Corroboraba tan desagradable sospecha, el hecho de que ni ella, ni su amiga Nemesia se habían presentado en parte alguna de la feria del Ángel. Además de eso, la circunstancia de no haber abierto la ventana, aún cuando Gamboa hizo la señal convenida pasando la punta del bastón por los pocos balaustres que aún le quedaban, casi no dejaba duda de que algo extraordinario había ocurrido en el humilde y oscuro hogar.