Mas sea de esto lo que se fuere, que no hay tiempo de verificarlo ahora, Leonardo Gamboa entró en el baile de la Filarmónica preocupado y de muy mal talante. Armada sin embargo la danza, en la sala principal y el aposento del palacio, bastante espaciosos por cierto, según dice el poeta:
Una noche por fin: entre cristales
La luz reverberaba en los salones;
Y la sangre inflamaba con sus sones,
La danza tropical;
no pudo nuestro héroe sustraerse a su arrobadora influencia. La orquesta, que dirigía el célebre violinista Ulpiano, ocupaba el anchísimo corredor sobre la mano izquierda, como se sube de la regia escalera de piedra oscura. Luego, a la derecha, estaba la puerta del salón, enfrente de otra que daba sobre los más amplios balcones, que formaban los portales llamados del Rosario. Dejados los sombreros y los bastones en manos de un lacayo negro, a la puerta de un cuarto entresuelo que abría al descanso de la escalera de doble tramo, y tendiendo la vista por el soberbio salón, que podía tener «la carrera de un caballo», si se nos permite la exageración, descubrieron los estudiantes que las animadas parejas le llenaban de extremo a extremo. Recibían los hombres de espalda, y las mujeres de frente, mientras esperaban su turno para hacer cedazo, el aire fresco de la media noche, que entraba por las puertas y ventanas abiertas de par en par.
Como hemos dicho antes, allí se hallaba reunido lo más granado y florido de la juventud cubana de ambos sexos, entregada, por el momento al menos, con alma y cuerpo a su diversión favorita. Y a la luz deslumbrante de las arañas de cristal, en olas de una música tan plañidera como voluptuosa, pues que procede del corazón de un pueblo esclavizado, al través de la nube sutil de polvo que levantaban los bailarines con los pies, las mujeres parecían más hermosas, los hombres más bizarros. ¿Podía, pues, entregarse el ánimo de la juventud a otros pensamientos que los que le sugerían los halagadores objetos que tenía delante? No es posible.
Gamboa se ocupó, desde luego, en buscar compañera para tomar parte en el baile, aunque no le gustaba mucho; pero Meneses, que rara vez bailaba, y Solfa, que no bailaba nunca, se quedaron de espectadores en el medio del salón, observando el último, con sonrisa amarga, que mientras aquella loca juventud gozaba a sus anchas de los placeres del momento, el más estúpido y brutal de los reyes de España parecía contemplarla con aire de profundo desprecio desde el dorado dosel donde se veía pintada su imagen odiosa.
Andando con algún trabajo entre las apiñadas filas de espectadores y bailarines, tropezó Gamboa con la más joven de las señoritas Gámez, cuyo retrato hemos hecho arriba a vuela pluma, en lo más empeñado de la danza. Por todo saludo, sin dejar de girar, como una sílfide, en brazos de su pareja, le dijo ella antes con los ojos que con la lengua:—Ahí está Isabel.
—¿Bailando? preguntó el joven.
—¡Qué bailar! Esperando por Vd.
—¿Por mí? Qué descanso el suyo. Pues por un tris no vengo al baile esta noche.
En efecto, aquella señorita se hallaba a la sazón en toda apariencia comiendo pavo, según reza la frase vulgar en Cuba, es decir, sentada a la izquierda, cerca de la puerta del aposento entre una señora de mediana edad y el culto abogado Domingo André, con quien sostenía animada conversación. No obstante su natural despreocupación, sintió Gamboa un arranque de celos que le fue imposible reprimir, no ya porque estuviese de veras enamorado, sino porque el caballero en cuya compañía la encontraba, era asaz galán y sabía insinuarse en el ánimo de las mujeres discretas. De paso debemos decir, sin embargo, que el norte de las galanterías de André por aquella época, se dirigían a otra beldad muy distinta de Isabel Ilincheta, la misma que perdió por tímido y que ganó por osado el literato dominicano Domingo del Monte, si no estamos muy equivocados, en la noche de que estamos hablando. Por lo que hace a Isabel, recibió a Leonardo con una sonrisa adorable, lo cual, lejos de tranquilizarle, fue parte a causarle mayor desazón. Cambiados los saludos de costumbre, pues la compañera de Isabel, madre de las Gámez, era amiga del joven estudiante, lo mismo que André, en prueba de que no tenía nada de coqueta, tampoco de vengativa, dijo muy risueña: