—Decía a este caballero poco hace, que tenía comprometida esta danza, y no me quiere creer.

—Es que Vd. no ha bailado ninguna todavía, que yo sepa, repuso André.

—Cierto que dos se han bailado solamente, replicó Isabel sin cortarse, pero hasta ahora que se baila la tercera, no ha venido Vd. a invitarme.

—Lo que quiere decir en sustancia, continuó André, que he llegado en hora menguada. ¡Cómo ha de ser!

—Esta señorita tiene razón, interpuso Leonardo repuesto de su embarazo. Por compromiso anterior, en cualquier baile donde nos encontremos, me reserva ella la tercera danza. No he podido llegar, pues, a mejor hora según veo. Por eso se dice que más vale llegar a tiempo que rondar un año.

—Ya, exclamó el galante abogado, el caso es que con las buenas mozas pocos somos los que llegamos a tiempo.

André saludó y fue a formar coro a las dos hijas del potentado Aldama, de las cuales la menor, de nombre Lola, cedía a muy pocas aquella noche la palma codiciada de la belleza. Entretanto Leonardo e Isabel, cogidos por la mano, se metieron en las filas de la danza, no distante de la cabecera, mediante el favor de amigos mutuos, que, aunque llegaron tarde, no les dejaron incorporarse a la cola, como era de rigor. La cubana danza sin duda que se inventó para hacerse la corte los enamorados. En sí el baile es muy sencillo, los movimientos cómodos y fáciles, siendo su objeto primordial la aproximación de los sexos, en un país donde las costumbres moriscas tienden a su separación; en una palabra, la comunión de las almas. Porque el caballero lleva a la dama casi siempre como en vilo, pues que mientras con el brazo derecho la rodea el talle, con la mano izquierda la comprime la suya blandamente. No es aquello bailar, puesto que el cuerpo sigue meramente los compases; es mecerse como en sueños, al son de una música gemidora y voluptuosa, es conversar íntimamente dos personas queridas, es acariciarse dos seres que se atraen mutuamente, y que el tiempo, el espacio, el estado, la costumbre ha mantenido alejados. El estilo es el hombre, ha dicho alguien oportunamente; el baile es un pueblo, decimos nosotros, y no hay ninguno como la danza que pinte más al vivo el carácter, los hábitos, el estado social y político de los cubanos, ni que esté en más armonía con el clima de la Isla.

La noche en cuestión lucía Isabel Ilincheta a maravilla las gracias naturales de que la había dotado el cielo. Era alta, bien formada, esbelta, y vestía elegantemente, conque siendo muy discreta y amable, está dicho que debía llamar la atención de la gente culta. Hasta la suave palidez de su rostro, la expresión lánguida de sus claros ojos y finos labios, contribuía a hacer atractiva a una joven que, por otra parte, no tenía nada de hermosa. Su encanto consistía en su palabra y en sus modos. Entraba en la pubertad cuando perdió a su madre, y para educarla, lo mismo que para libertarla de los peligros del mundo, su padre la puso al cuidado de las religiosas Ursulinas, venidas de Nueva Orleans y establecidas en su convento de puerta de Tierra desde principios de este siglo. Después de un pupilaje de más de cuatro años, en que recibió una educación antes religiosa que erudita y completa, se retiró al campo, en el cafetal de su padre, cerca de la población de Alquízar, junto con su hermana menor, Rosa y una tía, viuda de un cirujano de marina, de nombre Bohorques. Este individuo había hecho varios viajes a la costa de África en las expediciones despachadas por cuenta de la sociedad de Gamboa y Blanco. Contrajo de esas resultas una enfermedad terrible, murió en la travesía y le arrojaron al agua, cual otros muchos de los infelices salvajes a quienes había ayudado a plagiar de su nativo suelo. En más de una ocasión fue la viuda, con tal motivo, el objeto de la munificencia de don Cándido Gamboa. Leonardo la visitó en el cafetal de Alquízar, y no pudo menos de enamorarse de la sobrina, cuya modestia y gracias realzaban su clara inteligencia y fina discreción.

No había nada de redondez femenil, y, por supuesto, ni de voluptuosidad, ya lo hemos indicado, en las formas de Isabel. Y la razón era obvia: el ejercicio a caballo, su diversión favorita en el campo; el nadar frecuentemente en el río de San Andrés y en el de San Juan de Contreras, donde todos los años pasaba la temporada de baños; las caminatas casi diarias en el cafetal de su padre y en los de los vecinos, su exposición frecuente a las intemperies por gusto y por razón de su vida activa, habían robustecido y desarrollado su constitución física al punto de hacerle perder las formas suaves y redondas de las jóvenes de su edad y estado. Para que nada faltase al aire varonil y resuelto de su persona, debe añadirse que sombreaba su boca expresiva un bozo oscuro y sedoso, al cual sólo faltaba una tonsura frecuente para convertirse en bigote negro y poblado. Tras ese bozo asomaban a veces unos dientes blancos, chicos y parejos, y he aquí lo que constituía la magia de la sonrisa de Isabel.

No debe extrañarse que, siendo Leonardo un tanto descreído y despegado, sintiese pasión por una joven tal como la que acaba de describirse. Entraba él por las puertas doradas de la vida. A pesar de sus connotaciones y de su riqueza, no había tenido aún trato con las mujeres de su esfera y educación, ni había empezado a buscar en ellas tampoco la compañera futura de su vida. La aspereza suya no era sino externa, estaba en sus maneras bruscas, porque allá en el fondo de su pecho, como habrá ocasión de observarlo, había raudal inagotable de generosidad, ternura de sentimientos. Dios, por dicha, no le había negado la capacidad de amar, sólo que las mujeres con quienes hasta allí había tropezado, o habían cedido a la fogosidad de sus afectos, a la intrepidez de sus pocos años, o a la influencia de su lluvia de oro. Ninguno de estos móviles podía tener ascendiente en el ánimo de una joven rica, bien educada, modesta y virtuosa como Isabel Ilincheta. Atraído Leonardo primero por sus prendas físicas, seducido después por sus relevantes dotes morales, comprendió desde luego que para ganar su afecto fuerza era tocar su corazón, hablar a su entendimiento. Por otra parte, aquella mujer que se presentaba a los ojos de Leonardo bajo un nuevo aspecto, habitaba el trasunto del paraíso terrenal cuando la vio por la primera vez.