Si podemos prescindir del esclavo y de sus padecimientos, que son, sin embargo, más llevaderos en los cafetales, se convendrá en que Isabel, su hermana Rosa, su tía doña Juana, su padre y criados, llevaban una vida de paz y quietud, lejos del bullicio de la ciudad, rodeados de olorosas flores, de los cafetos y naranjos siempre verdes, de las airosas palmas, del clásico plátano, embebecidos con el canto perenne de las aves y el susurro melancólico de la brisa en los campos de Cuba. Hasta la estación de los aguinaldos y de los azahares, en que Leonardo conoció a Isabel, contribuyó a rodearla de encanto a sus ojos y a despertar en su pecho algo que no había sentido nunca a los 21 años de su vida: el amor.
Capítulo IV
Princesa.—Su nombre al menos,
Rey.—Nunca, nunca, nunca.
Sueños de amor y ambición.
El callejón de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que parece ser su continuación, se compone de dos cuadras. Es, si cabe, más estrecho, hondo y húmedo, aún cuando sus casas son en general más amplias. En una de éstas, inmediato a la calle del Aguacate, vivía Nemesia Pimienta con su hermano José Dolores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje se reducía a un par de sillas, un columpio, una mesita de pino y un catre de viento, que se abría de noche y se cerraba de día, a fin de despejar el campo.
Anochecido ya, Nemesia salió de la sastrería de Uribe y se encaminó a paso menudo hacia el barrio del Ángel. Prefirió para ello la calle del Aguacate, que si bien más solitaria y oscura, por la ausencia de establecimientos públicos, conducía derecho a dos puntos en donde de paso quería detenerse. Cuando llegó a las cuatro esquinas formadas por la calle de O'Reilly y la traviesa que llevaba, se detuvo un breve rato, pensativa e indecisa. Miró primero atrás, luego a su derecha, después adelante, fijando la mirada en la ventanilla de la casucha inmediata a la taberna de la izquierda, aunque por estar en línea paralela a la observadora, sólo se distinguían las molduras de los balaustres que sobresalían un poco del plano de la pared. Difícil era, pues, saber si había o no persona asomada allí o a la puerta. En consecuencia, la mulata se trasladó a la esquina de abajo y dio un silbido peculiar muy agudo, haciendo pasar el viento con fuerza por entre los dientes del medio de la mandíbula superior.
Algunos segundos después vio asomar por los balaustres de la ventana un canto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo, notó que descendía del terraplén del convento un caballero a paso largo, que se dirigía derecho al punto objetivo de sus miradas. Estúvose a observar lo que pasaba. ¿Quién sería ese sujeto? ¿Quién le aguardaba en aquella casa? Vestía de frac oscuro, pantalón claro y sombrero de ala angosta y copa desproporcionadamente ancha, sobresaliéndole por detrás el cuello blanco y recto de la camisa. No era joven, ni anciano, sino de mediana edad. A pesar de la oscuridad, todo eso lo pudo notar Nemesia a la corta distancia a que se encontraba, que no excedía de treinta pasos. Su porte, sus movimientos acompasados y firmes, no podían confundirse con los de un mozalbete ni de un viejo.
Se dirigió, sin embargo, con aparente cautela al punto donde se veía el canto de la cortina blanca, sostuvo un breve diálogo con la persona que se hallaba oculta detrás de sus pliegues, y entonces, a paso largo siguió al abrigo de las altas paredes del convento, la vuelta de la Punta. Nemesia le perdió bien pronto de vista en la oscuridad; pero no le quedó duda de que le esperaba un carruaje a mediados de la cuadra, porque oyó distintamente el ruido de las ruedas en las piedras de la calle, corriendo en sentido opuesto a aquél en que ella estaba, y favorable al que seguía el desconocido.
Aguijada por la curiosidad, volvió la muchacha a silbar como lo había hecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortina blanca, y acudió al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia, sólo encontró a la abuela. ¿Cuál de las dos mujeres había recibido y hablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada? Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusión.
—¡Ah! ¿Era Vd., Chepilla? exclamó Nemesia.