—Entra, le dijo ésta, pasando a la puerta y quitando con la punta del pie la media bala que la aseguraba.
No se hizo de rogar la muchacha. Parecía seria y desazonada la abuela; y la nieta, sentada en un rincón, con el traje flojo, el aspecto desaliñado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos y los dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de la desesperación.
—Entra, hija mía. Seas bienvenida, repitió Chepilla. Entra y siéntate; hazme el favor de sentarte, añadió notando que la moza se mantenía en pie, como azorada y confusa.
—Ya es tarde y estoy de prisa, repuso ésta dejándose caer maquinalmente en la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen de la Dolorosa.
Iba Chepilla a repetir la instancia, pero visto que la recién llegada se sentaba sin más demora, se quedó parada entre ella y su nieta.
—Decía, agregó Nemesia a poco rato, que es tarde y venía de prisa. Fui a llevar unas costuras al taller de señó Uribe, y me se ha hecho de noche. Porque resulta que Clarita su mujer es muy conservadora, y después quiso que la ayudara a cerrar la saya de un túnico que está haciendo para la Nochebuena chiquita.[32] José Dolores debe de estar esperándome. El salió del taller mucho antes que yo, pues tenía que tocar en la salve del Santo Ángel Custodio. Por cierto que ha habido mucha gente de fuste esta tarde en la sastrería, todos a buscar ropa para un baile en la Filarmónica, y para las Pascuas de Navidad. A señó Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo le llueve. Todos dicen que está haciendo mucho dinero, pero es más gastador... Mas ahora que me acuerdo, ¿qué sucede por acá? Parecen Vds., muy atribuladas, dijo Nemesia notando que ninguna de las dos mujeres le prestaba atención.
Suspiró Cecilia únicamente y la abuela dijo:
—No es cosa lo que sucede; sólo que esta muchacha (señalando para la nieta con un movimiento de los labios) parece poseída... ¡Dios nos asista! (y se persignó). Iba a decir un disparate. Quiero que seas el juez y la consejera en este caso, aunque tú puedes ser dos veces mi hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija mía, ¿qué harías tú si tu protector, tu amigo constante, tu único apoyo en el mundo, como si dijéramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotras pobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, ¿qué harías tú si te aconsejaba, vamos, si te prohibía el que hicieras una cosa? Di, ¿tú lo harías? ¿Tú le desobedecerías?
—Mamita, saltó y dijo Cecilia sin poder contenerse; su merced no ha pintado el caso como es.
—Cállate, replicó la abuela con imperio. Deja que Nemesia conteste.