—Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene no puede contestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que nuestro amigo, nuestro protector, nuestro apoyo y qué sé yo qué más, ha rogado y ha prohibido que hagan y deshagan. Y en primer lugar, la persona a que su merced se refiere, no creo que es nada de lo que su merced dice para nosotras, al menos para mí. En segundo lugar, por más que me devano los sesos, no veo la razón ni el derecho que tenga para meterse en mis cosas y ver si salgo, o si entro, si me río o si lloro... Voy a acabar, agregó Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba a cortarle la palabra. Sobre todo, su merced no tenía para qué haberme rompido el túnico de punto de ilusión y la peineta de teja, sólo por darle gusto a un viejo que me tiene ojeriza, y está celoso porque yo no lo quiero ni lo querré nunca, así...
—No creas nada de lo que dice esa chica, la interrumpió la anciana.
—¿Pues no me rompió su merced el túnico y la peineta? ¿Por culpa de quién fue? ¿No fue por culpa de ese viejo narizón que Dios...?
—Calla, calla, le atajó la abuela. No blasfemes después de haber rabiado, porque creeré que estás en pecado mortal. Si se rompió el vuelo del vestido ¿no fue porque te propusiste ponértelo contra mi expresa voluntad? ¿Quién tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara la peineta? Tú, nadie más que tú, porque si no tuvieras esos actos de soberbia, nada de eso hubiera sucedido. Sí, sí, es preciso que te confieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tus pecados y que te enmiendes. Estás en pecado mortal, y si sigues así vas a parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.
—¡Esa sí que está mejor! continuó Cecilia a pesar de los ojos que le echaba la abuela. Nunca había oído decir que era pecado no querer a quien no le gusta a uno.
—¿Y quién te dice que le quieras, espiritada? exclamó la Chepilla con vehemencia. ¿El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer los favores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.
—Vamos a ver, ¿cuáles son los favores de que habla su merced? ¿La mesada que nos pasa? ¿Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Dios y él sólo saben el motivo que le guía. ¿No es extraño, muy extraño, que sea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombre blanco y rico que no es nada de su merced, ni mío tampoco?
—¿Y vuelta, Cecilia? No prosigas ni ensartes más disparates. El enemigo malo únicamente pudiera inspirarte unas ideas tan contrarias a la humildad y a la caridad cristianas. ¿Cómo puede ser buena hija, buena esposa, buena madre, ni buena amiga, la mujer que no agradece favores ni paga beneficios? Por pequeños que sean (que no lo son) los favores que nos hace el caballero dicho, nuestro deber es agradecérselos, ya que no podemos otra cosa. Es grave pecado pagar bien con mal. Tus murmuraciones y tu ingratitud nos van a costar muy caro.
—No sé cómo su merced entiende mi conducta con él. Apenas le conozco. Ni le doy ni le quito; lo que no quiero es que me mande y se meta en mis cosas.
—Es que tú tampoco parece que lo entiendes a él. Si desea que no hagas esto o aquello, ¿es por su bien o por tu bien? Si aprueba o desaprueba algo de lo que tú dices o haces, ¿qué mejor prueba puede darse de su cariño para contigo, y de su buen corazón? Figúrate, Nemesia, que el individuo de que hablamos (bueno es que tú lo sepas) es una dama en su trato, y su generosidad para nosotras tan grande como desinteresada, y debe dolerle muchísimo...