—¿Desinteresada? repitió Cecilia. He ahí lo que no puedo...

—No me interrumpas, niña; estoy hablando con Nemesia. Nos da cuanto necesitamos y muchas cosas que apetecemos. Apenas le indico un deseo de esta niña, cuando se apresura a complacerla. Di que no. Preciso es que no tengas conciencia si lo niegas.

—Y no lo niego. Todo eso es muy cierto, pero ¿por qué lo hace?

—Lo mejor de todo, prosiguió la Chepilla, es que de mí no exige nada, y de ti no espera otra cosa que cariño, gratitud, y... respeto.

—Hete aquí la que me mata, saltó otra vez Cecilia con vehemencia. ¿Sabes tú, Nene, de alguna persona que dé palos de balde? Yo no la conozco. Que no exija nada de mamita, se comprende; pero que espere de mí sólo cariño, gratitud y respeto, como dice ella, eso que lo crean los tontos. Tú sabes de quién hablamos. ¿No es así? Pues bien, el tal no se puede tener en rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda su vida, según dice mamita, un correntón y enamorado como hay pocos. Hasta ayer, como quien dice, según me ha contado mamita, a pesar de ser casado y con hijos, mantenía mujeres, con preferencia las de color. Ha perdido más muchachas que pelos tiene en su cabeza; y mamita parece empeñada en hacerme creer que su generosidad conmigo es inocente y desinteresada. Quien no lo conozca que lo compre.

—Hablas por hablar, niña, dijo la abuela al cabo de un largo espacio de meditación y de silencio. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni se trata de eso tampoco. Se trata de que tú no le complaces, ni le tienes voluntad a una persona que es tan buena contigo y sólo le lleva el bien que te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. Verbi gratia: ¿por qué habías de salir esta noche si él no quería que salieras? Cuando él se oponía, algún motivo tenía. Ese motivo no puede ser otro que tu bien. Considera, Nene, agregó la anciana en tono más blando, que poco antes de llegar tú estuvo aquí el buen señor... No entró. ¡Qué! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuesto desinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cómo va de salud. Tú lo sabes, Nemesia; al menos me lo has oído decir muchas veces... Estuvo por la ventana... Sólo un momento. Luego que preguntó por la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho interés, con el interés de un... Así que le dije que ella se preparaba para ir a la cuna del Ángel, me dijo muy agitado, sí, muy agitado, se le conocía, porque hasta le temblaba la voz:—No la deje ir, seña Chepa, no la deje ir, deténgala; esa chica busca su perdición... (Ese es su modo de hablar). No la deje ir, deténgala, en otra ocasión le explicaré lo que pasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que lo viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos para Cecilia. ¿Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? ¿Estará enamorada una persona que siempre obra así? Vamos. Di. ¿Ves en esto interés malicioso, celos mundanos, amor? ¿De esa manera enamoran los hombres de su edad hoy en día? Bien, ¿qué te parece, Nemesia? ¿Qué opinas?

—Yo, en verdad, contestó Nemesia, consultando con la vista el semblante de su amiga, no sé qué decir, ni me atrevo a dar una opinión franca. Sin embargo, añadió luego más animada: yo que Cecilia me reía de todo eso, en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porque lo estaba, y si no para burlarse de él y que me pagase por todo lo malo que me hicieran los demás. A mí no me importaría un comino que uno como ése me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me daba dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo procedía mal, ni cometía un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amor cuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difícil conocer cuando quieren de verdad y cuando se proponen engañar a las pobres mujeres. Piensa mal y acertarás, dice el proverbio. ¿Qué daño te puede resultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la cuna?

—Daño ni bien no me podía resultar de ir o no ir esta noche, claro está, replicó Cecilia. El caso es que el hombre de que habla mamita se ha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho o por gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.

—Está bien, mujer, observó Nemesia blandamente; mas no veo que te cause ninguna extorsión con meterse.

—¿Cómo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma su parte desde luego, y me regaña, y me pelea, y me rompe el túnico para que me quede en casa y le dé gusto al viejo majadero. ¿Te parece poco?