—Ya, a mí tampoco me gusta que se meta naiden en mis negocios. Con todo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejor partido de ciertos hombres. A ése se le ha metido en la cabeza mandarte y celarte; déjale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no le deseches de una vez; sonríete con él, por lo menos mientras se muestra dadivoso, y gozarás y vivirás hasta ponerte vieja.

Por entonces la conversación se concretaba a Nemesia y su amiga, porque la anciana había vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.

—Mira, prosiguió aquélla, que el que se apura se muere. Por otra parte, ten por seguro que ningún viejo por marrullero que sea es peligroso para una muchacha como tú.

—No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo Cecilia. Yo soy muy independiente y no consentiré jamás que nadie me gobierne, mucho menos un extraño.

—¡Extraño! repitió la abuela para sí, con voz ronca y profunda.

Las dos muchachas se miraron como azoradas, así por el tono como porque ambas la creyeron absorbida completamente en sus tristes pensamientos.

—Su hijo, prosiguió Nemesia en baja voz. Tú me entiendes... Ese sí que es de temer... Joven, bien plantado, rebosándole la gracia por todas partes, con mucha labia y dinero para derramarlo como quien derrama agua... No hay mujer de corazón que se resista. ¿Es verdad, china? No es posible verlo y oírlo sin quererlo. Yo me guardaría de un hombre como él como del diablo. Ya le ha dado quebraderos de cabeza a más de una muchacha. Tiene a quien salir.

Continuaba la Chepilla en su abstracción, sin oír ni entender, en la apariencia, las palabras de Nemesia. Cecilia al contrario, desde que su amiga mencionó a su amante, se volvió toda oídos, comprendiendo que ella se proponía comunicarle alguna noticia importante.

—Pues como te iba diciendo, añadió Nemesia, cuando salí de la sastrería de señó Uribe, tomé por la calle del Aguacate, y al enfrentar con la casa de las Gámez, que sabes tú está detrás del convento de las monjas Teresas, oí música y voces de hombres y mujeres. Me arrimé a una de las ventanas que tiene el poyo alto. Estaban abiertas las hojas y las cortinas echadas. Había en la sala una gran reunión: tocaban, cantaban y bailaban. ¿Qué día es hoy? ¡Ah! El 27 de Octubre. ¡Toma! ¡Si es el santo de la más chica de las Gámez, Florencia! Por eso estaba vestida de blanco y tenía el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca. Cuando menos... Eso sí hermosísimo, porque es largo y abundante, aunque me gustaría de color más oscuro.

Cecilia dio un suspiro y Nemesia continuó ya sin más rodeos: