Pido ocho días de reflexión. Es imposible decir hoy a la abuela:
—Los defectos de ese caballero son antipáticos a los míos; no le quiero.
La buena señora me creería loca y se pondría enferma de pena. En ocho días todo se arregla. El tiempo es un hábil auxiliar...
Mientras tanto respiro a mis anchas y me siento libre de un peso enorme... ¡Qué bien voy a dormir esta noche!...
15 de noviembre.
Hacía bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso. Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa.
Una aventura no muy lejana ocurrida al señor Desmaroy y descubierta por el padre Tomás, encargado por la abuela de comprobar los informes del notario, ha puesto fuego a la pólvora y apresurado el no final. La abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle categóricamente, pero su negativa ha sido espontánea porque no podía prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fácil.
—Pardiez—exclamó,—puesto que la novela en cuestión se terminó ocho días antes de las negociaciones, ¿qué más quieren ustedes?...
—Nada de novelas—repliqué.
—¡Nada de novelas!—repitió el señor Boulmet en el colmo de la estupefacción.—¿Dónde encontrará usted un hombre de treinta años que no haya tenido su novela?... ¿Su novela?... Sus novelas, su colección de novelas...