—De acuerdo—replicó la abuela, contrariada por encontrar una tacha en su pájaro raro.—Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que existen esas novelas, se puede exigir al menos que la última no se haya terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a temer que la última hoja de esa novela no se haya vuelto tan definitivamente como se quiere asegurar...

—Señora—respondió Boulmet,—el señor Desmaroy es un hombre de honor.

—¿Qué tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?... ¿Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garantía cuando se trata de la fe conyugal.

—El señor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que...

—¿Le han protegido los principios religiosos?

—Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y después, qué diablo—añadió nuestro notario falto de argumentos,—los principios religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas naturalezas.

—Y bien—dijo la abuela,—nosotras no queremos grietas, está decidido.

He vuelto, pues, a ser una joven como las demás... ¡Qué suerte!

La de Ribert y Genoveva, a quienes había puesto al corriente de las peripecias de los últimos días, me aprobaron completamente cuando fui a contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio.

—Magdalena—me dijo la de Ribert con una melancolía que no es en ella habitual—desconfíe usted de las locuras pasadas en un futuro marido... Estas locuras vuelven a empezar muchas veces.