Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, oírselo repetir a una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese género que reprochar a su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los demás nos aprovecha siempre un poco.
Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi desencanto a propósito de las solteronas desde que las estudio al natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas lenguas de la Catedral; después el matiz grisáceo y desteñido de las pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres; en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en particular, el peso de su descontento perpetuo.
—Hará usted mal de juzgar por el carácter de la excepción el carácter de la masa—me respondió la de Ribert.—¿Cree usted de buena fe que las solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que sólo una de ellas puede presentar el carácter de la Bonnetable?...
—No—respondí convencida por el razonamiento.—Tiene usted razón. El amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la pasión de todas las mujeres desocupadas y frívolas. En cuanto al carácter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres casadas.
—Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto al órgano, al gesto y a la manía del mando. Esas hacen marchar su casa con la punta del dedo, y no están contentas más que de ellas mismas y de su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al círculo reducido de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y pisoteado...—dijo Genoveva.
—Eso no es raro—repuso la de Ribert, sonriendo.—Hasta hay mujeres que se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es verdad, pero sería pueril reconocerle la facultad de dar a las que le reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del matrimonio, como las agriadas del celibato. Y así como no se dice que todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe tener la misma circunspección respecto de las solteras.
—Es verdad—respondí.—Pero el mundo no hace esas distinciones y condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas de ellas... La abuela estaría enteramente desolada si yo me quedase soltera.
—Comprendo que la buena señora desee establecer a usted, pero en fin, ¿qué reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qué de su animosidad, aunque me dé cuenta del de su preferencia.
—Afirma que el celibato es una situación anormal, antinatural y... ¿qué se yo?
—Sí, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... ¿Y qué más?