—Según ella, la mayor parte de las solteronas son egoístas.
—¿Y los premios Montyon?...—objetó Genoveva.—Esos premios son de solteras y no para las egoístas...
—La abuela dice también que las solteras tienen la devoción estrecha, meticulosa y hecha de menudas prácticas, más que de profunda piedad; que son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y, en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por defectillos todo lo que achica un carácter, todo lo que apaga un alma...
—Sí, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente femenina y no es sólo aplicable a las solteronas... No creía yo que la señora de Sermet tenía respecto a ellas esa opinión tan poco fundada...
—Sí, señora—respondí,—y eso es lo que me ha hecho empezar mis investigaciones. Me sentía tan poca vocación por el matrimonio y tanta por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se podía reprochar a esas pobres criticadas.
—¿Y has encontrado algo?—preguntó Genoveva con interés.
—No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que pasan de generación en generación como un gabán viejo que cada cual adapta a su talla y a su gusto.
—Creo—dijo Genoveva,—que lo que más ha contribuido a dar un aspecto ridículo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas—las recalcitrantes del celibato, como tú las llamas,—que tienen la mala costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de puerta en puerta pidiendo un marido.
—¡De puerta en puerta!—murmuré sorprendida...
—Pregunta a mamá—interrumpió Genoveva.