—Genoveva tiene razón, Magdalena. Conozco personalmente solteras, contemporáneas mías, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus relaciones: «Cáseme usted... Por Dios, encuéntreme usted un marido... No se olvide usted de mí.» Esto se repite al principio con compasión, después con un dejo de burla y luego con un desdén acentuado. Y se deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso ridículo y no forman en su conjunto más que una gran colección de «dejadas por cuenta.»

—Es injusto—exclamé con emoción.

—No, Magdalena—respondió sencillamente la de Ribert.—Supongamos que Francisca, Petra y Paulina no se casen. ¿Qué pensará usted?

—Que no han encontrado el pretendiente de sus sueños—respondí sin reflexionar.

—Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinión general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueños, es evidentemente porque éste no es tal pretendiente... Convengamos en que hay aquí un «dejado por cuenta» evidente.

—Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situación de fortuna y...

—Sí, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educación moderna; pero, en suma, sus amigas de usted serían «dejadas por cuenta» puesto que los pretendientes que ellas aceptarían no las quieren...

—Pero—entonces balbucí confundida,—las solteronas han hecho ellas mismas su reputación...

—En mucha parte, sí—afirmó la de Ribert.—Las solteras forzosas han gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco benévolo, ha creído que todas las solteras estaban en el mismo caso.

—¡Vírgenes y mártires!—exclamó muy contrariada por esta nueva concepción.—¡Es completo!