La de Ribert y Genoveva se echaron a reír. Mi consternación les divertía.
—Y bien, ese maravilloso estado, ¿te tienta todavía?—preguntó Genoveva con los ojos brillantes de malicia.
—Sí—respondí con alguna vacilación.—Pero me fastidia, sin embargo, pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridículo... ¡Qué idea, reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discrección!... ¡Bah!—exclamé con más firmeza,—me siento, con todo, una aptitud sublime para esa vocación tan desacreditada... Sin embargo, por complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedirá, probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los últimos días con otro caballero.
—¿No te ha curado el señor Desmaroy de esa buena voluntad?—preguntó Genoveva sonriendo.
—No, ese señor ha respondido simplemente a la pregunta que yo había hecho al señor Boulmet. «¿Tiene corazón?» Ha resultado que tenía más del necesario, y no ha habido más.
—Sí—dijo la de Ribert muy animada,—y además no le gustaba a usted...
—Absolutamente nada—exclamé con una seguridad inmutable.
La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusión, y las dejé para volver a mi casa.
Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara congestionada, por los esfuerzos que hacía para escribir una carta.
—Mi pobre Celestina—dije al pasar,—te vas a poner mala.