—No hay cuidado... La señorita no se casa ya, y siendo así... Sé lo que sé, y cumplo mi voto...
—¿Qué voto?
—Eso es cuenta mía... Asunto de conciencia...—respondió misteriosamente Celestina.—He hecho un voto, y puesto que no se casa usted, voy a cumplirlo... No hay más.
Veo que no sacaré nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de dejarla cumplir su voto, que no puede ser más que alguna cosa edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la edificación del prójimo... ¡Es hermoso!...
22 de noviembre.
Esta mañana nos hemos reído mucho la abuela y yo.
Tenía necesidad la abuela de ver al señor cura a propósito de unos pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Tomás. La abuela recibió de su pastor la acogida más alegre que se puede desear. De tan buena gana reía el señor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse ligeramente, cuando aquel sacó una carta de su escritorio y se la dio sin más explicaciones.
Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha traído como dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me había inspirado. Corrijo las faltas de ortografía, para facilitar su lectura.
Celestina Robert al señor cura de San Aprúnculo.
«Aiglemont 15 de noviembre de 1903.