»Señor cura:
»Ya no se casa nuestra señorita. Como tengo gran confianza en el buen San Pablo, había prometido al gran apóstol dar un paso cerca de usted en el caso de que nuestra señorita no se casara con el señor que ha venido con motivo de las antigüedades de la señora.
»Cumplo mi voto.
»Pienso, señor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona, puesto que murió joven. Por esto no hay obligación de conservarla como nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apóstol San Pablo, que permitió a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de después, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre señora, que no es de esta opinión.
»El día de Santa Catalina está próximo, señor cura. Para cumplir mi voto pido al señor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de las señoritas para San Pablo.
»Su humilde servidora
Celestina Robert.
»Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la Propagación de la fe, de la Santa Infancia, de San José, del Sagrado Corazón, de las ánimas del Purgatorio, de San Antonio, etc., etc...»
Solté una sonora carcajada al leer esta epístola fantástica y también la abuela se rió de buena gana.
—Está decididamente en el aire la manía de escribir—dijo enjugándose los ojos que estaban llenos de lágrimas.—¡En qué siglo vivimos!... Y proponer a San Pablo...