—Es una broma de Francisca—dije a la abuela, en cuanto pude respirar.—La pobre Celestina ha sido sugestionada.

—¿Cómo es eso?—preguntó la abuela incrédula.

Le conté lo que había pasado con Francisca a propósito de San Pablo y el presentimiento que yo tuve de lo que podría hacer la vieja cocinera.

—¿Y qué ha dicho el señor cura?—pregunté.

—Estaba tan divertido por esta petición poco común, que no pensaba en decir su opinión. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Léela; no está cerrada.

Agustín Labertal,

»Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,»

»da las gracias a la señorita Celestina Robert por su interesante comunicación, que ha llegado tarde. Por este año no es posible ningún cambio en la reglamentación de las fiestas habituales. El señor Labertal aprovecha la ocasión para recomendaros a las buenas oraciones de la señorita Robert.»

—¡Calla!—dije estupefacta,—el señor cura parece que toma en serio esta comunicación...

—Tiene que usar ciertas consideraciones...