—¡Consideraciones!... ¿Por qué?
—Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sería peligroso...
—Sí, comprendo... El señor cura temería legítimas represalias...
—Ciertamente—dijo la abuela con convicción.
—Pobre señor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios, ¿verdad, abuela?
—¿Qué gendarmes, hija mía?
—Todas las devotas del género de Celestina, son los gendarmes de Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde el señor cura hasta el último niño del catecismo... Es seguramente un monopolio.
—Exageras, Magdalena.
—Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el señor cura llega tarde a misa, si se enreda en un oremus si no estaba en el confesionario a la hora exacta, si la señora de Tal ha ido a buscarle a la sacristía, si la señorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas reflexiones... Pobre señor cura, buena falta le hace tener diplomacia...
—Sí—respondió la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la conversación.—La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hábil como inteligente.