—Es verdad—dije después de unos momentos de reflexión,—más vale rodear las dificultades que tomarlas por asalto... ¿Sabes, abuela, que no debe de ser agradable ocuparse de tantas fruslerías cuando parece que el alma no debiera ser atraída más que por las grandes cosas?...

—Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia capital, y verás cómo te recibe.

—Pobre Celestina... ¿En qué consiste que el cerebro llega a estrecharse hasta ese punto?

—No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable...

—Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero ¿crees que es una excepción?

—No, hija mía. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi concepto, hay más peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se mueven alrededor suyo, es más difícil que una mujer se disminuya, intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habría mucho que hablar respecto de esto...

—¡Oh! abuela—protesté con vehemencia,—no se puede decir que una vida está truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un dueño, y libre de tantas vicisitudes...

—Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me concederás que muchas solteronas participan de mi opinión. No todas tienen tus ideas y las hay que se resignan difícilmente al celibato.

—Las hay que no se resignan—exclamé riendo al recordar a la Bonnetable y su mal humor.

—Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos, es fácil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una soltera que lo es a pesar de sus deseos más sinceros. ¿Crees que será dichosa y apta para ensanchar su horizonte?...