—Qué sé yo...—dije con alguna vacilación.

—Fatalmente tendrá que encerrarse en su concha. En lugar de tener una piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos de la exaltación religiosa. Será una fanática de las pequeñas devociones, de las pequeñas distracciones y de las ocupaciones pequeñas. Pisoteará sin escrúpulo la reputación del prójimo, y se creerá en el camino del infierno si falta a un rosario o a un sermón. Después, si no tiene el corazón bastante noble para entregarse por completo a todos, no pensará más que en sí misma, se replegará en su alma, en su cerebro y en su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus más ínfimos deseos, llegará a inspeccionar al prójimo de un modo igualmente meticuloso. Poco a poco pensará menos en sus defectos que en los de los demás. ¡Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y para los otros. La malevolencia sistemática engendra tantas catástrofes...

—Sí—respondí un poco pensativa,—la solterona, tal como tú la pintas, vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazón se transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en miel... ¡Pobre solterona!...

—Sí, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas víctimas de la vida, no querría, hija mía, verte tomar un camino semejante...

—Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, sé pensar y no estoy desocupada... No, tranquilízate; si permanezco soltera tendré siempre el alma igual y alegre y seré un ejemplo extraordinario de felicidad en el celibato.

—Quién sabe...—murmuró la abuela pasándose la mano por la frente.—Quién sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazón, mi querida nieta... Pero—dijo de pronto para ahuyentar la melancolía,—nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del cura para que yo pueda entregársela, y no hables de esto a la buena mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardaría rencor al señor cura por esta indiscreción, permitida sin embargo.

—¡Rencor de solterona!—exclamé fingiendo un escalofrío.—¡Qué cosa tan espantosa!...

Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepción, como vajilla rota, platos echados a perder, gruñidos, empujones... Pero no, Celestina estuvo de buen humor todo el día y hasta le oí cantar a voz en cuello un cántico a la Virgen.

La esperanza permanece en el fondo de su corazón, es cierto. Ha llegado tarde este año, pero el que viene... ¡Pobre Santa Catalina! Ya puede aprovechar lo poco que le queda... ¡Viva San Pablo!...

25 de noviembre.