Hoy gran fiesta para las solteras, jóvenes y viejas.
A primera hora, esta mañana, Celestina, de muy buen humor, se paseaba en su cocina con ardor febril.
—Pero, mujer, te estás cansando—le dije con conmiseración.
—No—exclamó alegremente...—Quiero que el té de la señora sea perfecto. Eso hará rabiar a Mariana, la cocinera de la señorita Bonnetable—añadió con la cara llena de satisfacción.
—¿Por qué ha de rabiar?
—La señorita sabe bien que en el último té de la señorita Bonnetable los pasteles de chocolate estaban quemados.
—¡Ah! y los tuyos...
—Los míos son siempre perfectos—respondió Celestina con vehemencia.—Además—dijo entre dientes,—he prometido dos centavos a San Antonio si sale bien la gran merienda.
Esa gran merienda de que habla Celestina con énfasis, es un simple té que todos los años, el 25 de noviembre, ofrece la abuela a sus amigas y a las mías solteras. De un año a otro Celestina piensa con ardor en la cantidad de novedades que podrá introducir en los pasteles y por toda recompensa no ambiciona más que cumplimientos, lo que, entre paréntesis, no le falta, pues todas conocen su flaco y la adulan.
A las dos y media empezó a oírse la campanilla. Genoveva, Petra, Paulina y Francisca llegaron de las primeras. Siguioles de cerca la señorita Sarcicourt. La Bonnetable, no habiendo podido digerir la «incalificable agresión» de que fue objeto de parte de Francisca y de la mía, se había excusado. Llegaron después la señorita Fontane, encantadora solterona por convicción; la señorita Melanval, presidenta de no sé cuántas asociaciones y ligas, y cuya única ocupación consiste en apuntar en una cartera los nombres de las nuevas adherentes a sus queridas obras; la señora Roubinet, de buena conversación, muy farsante y demasiado ocupada en procurar su efecto personal para pensar mucho en los demás, con lo que va ganando una sólida reputación de benevolencia que nadie piensa en discutir. Faltaron otras dos amigas de la abuela, que estaban resfriadas.