Por disposición de la abuela, que temía las ocurrencias de Francisca y, un poco, las mías, toda la juventud ocupaba el «rincón de las malas cabezas.» Las personas serias rodeaban a la abuela.

Como yo estaba un poco silenciosa, contra mi costumbre, Petra me interpeló de repente:

—Pero di algo, Magdalena; estás en las nubes. Parece que no oyes lo que se dice.

—En efecto—respondí,—estaba distraída mirando al grupo de la abuela.

—¡Ah!—exclamó Petra tan desdeñosa como si se tratara del pobre teniente Cotorrac.—¿Te interesan esas señoritas?

—Mucho. Estaba pensando precisamente que la señorita Fontane debe de ser una solterona por vocación...

—Pienso como tú—exclamó Genoveva.

—Sí, se ve la buena voluntad... Observad qué armoniosa es toda su persona. La mirada, la sonrisa, la voz, el gesto, todo respira el contento.

—¿Y la señorita Roubinet?—prosiguió Genoveva.—¿Creéis que no acusa una satisfacción perfecta?

—Sí—respondí,—pero no es lo mismo. La Roubinet finge la satisfacción de cabeza y la Fontane posee la de corazón.