—¿Y la Melanval, la encuentran ustedes bien armonizada?—preguntó Paulina, que habla poco y escucha mucho.

—Esa es el colmo de la satisfacción—respondió Francisca, absorta hasta entonces en algún pensamiento íntimo, y que pareció que se despertaba de repente.—¡Cómo! tener la presidencia de tantas cosas y poseer el honor de apuntar en su libro de memorias los nombres de tantas personas... es un goce que renace sin cesar... Se está a la cabeza de una sociedad con tan poderoso juego en las manos... Se acabó en Aiglemont el privilegio de la aristocracia—añadió echando a Petra una mirada maliciosa;—ahora es el reinado de la virtud... Por otra parte, sólo al ver el modo que tiene la Melanval de mover las plumas del sombrero, de colocar la cabeza y de hacer reverencias, se comprende su inefable dicha, al lado de la cual no es nada la felicidad paradisíaca...

—La Sarcicourt no participa de esa felicidad—hizo observar Genoveva.—Vean ustedes cómo contrastan sus aires modestos y su palidez con la amable animación de la Fontane y con la alegría de la Roubinet al buscar una frase o una cita.

—Veo que te vuelves burlona, Genoveva—le dije amenazándola con el dedo.

La única respuesta de Santa Genoveva como nosotras la llamamos, fue una fina sonrisa.

—¡Ay!—exclamó de pronto Francisca levantando al techo unos ojos desesperados;—qué fastidioso es pasar la vida con solteronas...

—Veo que sigues con tan poco gusto por ese glorioso estado—dijo Genoveva con compasión.

—Tengo tanto horror al celibato—respondió Francisca,—que me siento con malas disposiciones hacia las solteras... Soy capaz de todas las bajezas por atrapar un marido...

—Yo no—respondió Petra con un movimiento de protesta.—Si deseo casarme, al menos estoy segura de no ir hasta la bajeza. Los Brenay no han cometido jamás malas acciones...

—Tampoco los Dumais—replicó orgullosamente Francisca.—Pero—terminó con filosofía,—alguna vez han de empezar...