—Francisca exagera—se apresuró a decir Genoveva para evitar toda protesta nuestra.—Francisca exagera siempre...

—Nada de eso; no exagero—exclamó Francisca.—Quiero casarme y me casaré—añadió con un fruncimiento de cejas que envejeció de un modo extraño su cara, de ordinario tan animada.

—¿Y tú, Paulina?—pregunté para evitar otra declaración de principios de Francisca.

—Yo—dijo Paulina ligeramente sorprendida por la pregunta,—haré lo que quiera mamá.

—¡Dios mío! qué paloma...—murmuró Francisca con despecho.—Esto se llama un carácter fácil...

—¿Por qué no he de hacer lo que quiera mamá?—replicó Paulina asombrada.—Mamá no puede querer más que mi bien.

—Sí, sí—respondió Francisca muy nerviosa.—Déjate conducir y guiar... No pienses... No hables... No andes... Tu mamá hará todo eso por ti...

—¡Oh! Francisca...

—Y si necesitas sonarte, espera que tu madre te prepare el pañuelo, so mema...

—¡Oh! Francisca...—volvió a decir la pobre Paulina completamente enfadada esta vez.