—Ea, no hables tú ahora como mi madre—exclamó Francisca cada vez más exasperada.—Me fastidias y me irritas...
—¡Vamos, niñas!... ¿Qué pasa?—preguntó la abuela desde el extremo del salón.
—Pasa, señora, que estoy muy enfadada—respondió Francisca.
—Venid un poco con nosotras; nuestro juicio corregirá vuestra exuberancia.
—No, no, voy a decir tonterías... No me llamen ustedes a su lado.
—Sí—respondió mi querida abuela con indulgencia.—Estando prevenidas no nos asustaremos.
—Sí, sí, vengan ustedes, señoritas—insistió la Melanval, la presidenta de las presidentas...—Tengo justamente una nueva obra que presentarles...
—¡Ah!—exclamó Francisca precipitándose de un salto a la silla que le indicaba la abuela a su lado.—Si es una obra para casar a las muchachas en busca de marido, cuente usted conmigo.
Todas nos echamos a reír al instalarnos junto al grupo serio.
—¿Está usted tan descontenta de su suerte?—preguntó la Fontane con su amabilidad habitual.