—Murmurar o quejarse—dijo sentenciosamente la Roubinet,—es oponerse a las leyes universales...

—¿Es usted quien ha inventado eso, señorita?—preguntó Francisca con fingida dulzura volviéndose hacia la oradora.

—No Francisca—respondió la Roubinet con una modestia tan afectada como la dulzura de Francisca.—Esas palabras son de Federico el Grande.

—¡Un prusiano!... ¡Qué horror!... ¿Cómo puede usted citar frases de un enemigo de Francia?—objetó Francisca lo más seria que pudo.

—El genio no tiene patria—respondió la Roubinet convencida.

—Internacionalista y solterona... Es el colmo... ¡Ah!—añadió Francisca cada vez más nerviosa,—no quiero quedarme soltera...

—¿Sueña usted con el acuerdo de dos almas hermanas?—preguntó la Roubinet, que no pensaba en enfadarse por las ocurrencias de Francisca.—Lo comprendo... Encontrar en la vida una alma a nuestro diapasón... ¡Qué ideal!...

—La verdad es que me importa poco el diapasón—respondió Francisca.—Hasta consiento en dar el sí bemol cuando mi alma hermana dé el la natural... Pero, por amor de Dios que me encuentren un marido...

—Pero, Francisca, ¿qué tiene usted? Algo ha debido de ocurrirle, porque no la conozco...

—Sí—respondió francamente Francisca.—Me ha ocurrido, que se presentaba un pretendiente para mí, y mis 2.000 pesos de dote le han puesto en fuga... como de costumbre.