—De modo—respondió con complacencia la abuela,—que no se puede rezar a San José por otros motivos...
—No, señora—dijo la omnipotente charlatana,—sobre todo cuando se tiene hija o nieta casaderas.
Y viendo a lo lejos a una de sus amigas, saludó con prisa a la abuela para correr a la recién llegada y emprender con ella el chisme del día.
—Abuela, me pones en evidencia—dije furiosa por las murmuraciones de que era objeto.
—No te importe, hija mía—dijo la abuela siempre filósofa.—Hay que saber sufrir lo que no se puede evitar.
De vuelta a casa, encontramos a Celestina, la cocinera, con una expresión consternada.
—¿Qué hay, Celestina?—le pregunta la abuela.
Celestina no responde y finge absorberse buscando un objeto perdido. La abuela, que sabe lo que significan los silencios de Celestina, sigue su camino y se va a su cuarto. Oigo a Celestina murmurar algo sobre San José, y comprendo. Aquella mujer, ferviente del celibato, está ya al corriente de la historia de la oración de la abuela y protesta a su modo.
¡Dichoso país, donde las noticias se propagan con tal facilidad! Verdaderamente, nos sobra el teléfono.
Esta tarde, en las vísperas, había poca gente, a pesar del atractivo de un predicador forastero. Apenas han acabado las vacaciones y los retrasados están gozando de los últimos placeres campestres y de los penúltimos rayos de sol.