La ocasión era tan tentadora, que dije muy de prisa:
—Yo también he rezado por ti, querida abuela, aunque no para obtener la misma gracia. He suplicado a San José que te quite de la cabeza todo lo que pueda parecerse a una idea fija.
Si no hubiéramos estado en medio de la calle, la abuela me hubiera tirado de las orejas; pero no pudiendo administrarme su castigo favorito, se contentó con sonreír con indulgencia. En esto nos encontramos de manos a boca a una charlatana, a la que la abuela recibe sin quererla mucho, la señora Siberot.
—Querida amiga—dijo ésta, apoderándose de la mano que la abuela le ofrecía;—qué contenta estoy de ver a usted.
—Y nosotras también, amiga mía—respondió la abuela con política.
—¿Conque piensa usted casar a Magdalena?—preguntó aquella buena alma.
—¿Quién le ha dicho a usted eso?—respondió la abuela.
—Tres personas me lo han afirmado después de la misa de ocho.
—¡Ah!—replicó la abuela mirando al reloj.—Hemos salido a las ocho y cuarenta y son ahora las ocho y cincuenta. En diez minutos se ha hablado mucho.
—Ha rezado usted tanto tiempo a San José, como decía ahora mismo la señora de Robertier, que todo el mundo ha deducido que desea usted casar a su nieta.