He aquí cómo, a consecuencia de esta conversación con la abuela, he tomado la resolución de escribir de vez en cuando mi diario, a fin de darme cuenta de lo que pienso y de lo que deseo. Tengo alguna libertad para decidir mi porvenir y descubrirme la vocación del matrimonio; aprovechémosla. Hasta ahora mi vocación es más bien vaga, lo confieso. ¡Qué lástima que la abuela encuentre tan inconveniente el quedarse soltera! Creo que me estaría como un guante la vocación del celibato.
4 de octubre.
La abuela ha tomado en serio su idea del matrimonio.
Al salir de la primera misa, en la que habíamos hecho nuestras devociones—hoy es la fiesta del Rosario,—mi querida abuela me condujo vivamente hacia San José, y yo comprendí inmediatamente de qué se trataba. San José, protector de los matrimonios, es el más solicitado de los santos, a pesar de San Antonio, que empieza a hacerle una competencia temible. Todas las mamás ávidas de casar a su progenitura están a los pies del santo patriarca, y todas las solteras y solteronas en busca de un marido le hacen una corte asidua.
Al salir de la Catedral quise darme el placer de parecer ignorar lo que la abuela podía tener que pedir tan largamente al bueno de San José.
—Muchas coqueterías te traes con San José—le dije en cuanto salimos de la iglesia.—Supongo que le has pedido muchas gracias en la larga estación que acabas de hacer delante de él.
—Una sola, Magdalena—dijo la abuela con una convicción absoluta.
—¡Ah!
—La gracia de un buen matrimonio para ti.
—¡Pobre abuela!