En seguida clasifiqué a las personas que pasaban en mis tres grandes divisiones:
Solteronas voluntarias.
Solteronas resignadas.
Solteronas recalcitrantes.
Vuelta a casa, continué mis meditaciones y he aquí lo que llegué a poner en claro en conjunto.
La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Tomás, se distingue a primera vista. Es viva, aunque sea reumática y sobre todo si es nerviosa. Su fisonomía es apacible y animada, su mirada benévola y su sonrisa bondadosa.
La resignada es melancólicamente trivial: mirada apagada, sonrisa triste, modo de andar frío. A diez pasos y aun de más lejos se la conoce de una mirada.
La recalcitrante es... recalcitrante. ¡Qué aspecto de mal genio!... En lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonomía un aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz.
Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pasé a las subdivisiones.
Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se han dejado guiar en la elección de su existencia por motivos de abnegación, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una afección muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo que se apodera de tantas jóvenes, o por el temor de las responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona.