—Delicioso—exclamó la Roubinet extasiada.—Yo conozco estos versos, pero no recuerdo el nombre del autor... Venga usted al socorro de mi memoria infiel, Francisca.
—Esos versos son de uno de mis autores favoritos—parodió Francisca.—Son de Ronsard...
—¡De Ronsard!—exclamó la Roubinet sofocada.
—Sí, señorita—terminó Francisca,—rabie usted... Usted no nos ha dado más que Laprade...—Y repitió con una mueca desdeñosa:—Laprade...
Todas exclamaron en coro en medio de las risas que reinaban:
—¡Oh! Francisca...
3 de diciembre.
He pasado una gran parte del día en la Catedral. Hoy era la fiesta de Santa Catalina, fiesta parroquial tan sólo, pero interesante por el gran número de personas a quienes se refiere.
¡Cuántas distracciones tuve en la misa mayor!
Aunque salí de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi insoportable imaginación hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista, me extravié completamente.