—Además—añadió la Roubinet mirando a Francisca con intención,—al rezar a nuestro gran patriarca cuide usted de conservar su gracia y su humor apacible:
Con la sonrisa en los labios
Y con la gracia en los ojos
La virtud es aún más bella...
—Bonitos versos—dijo la abuela.—¿De quién son?
—De uno de mis autores favoritos—respondió la Roubinet muy contenta por haber hecho efecto.—Son de Laprade.
—¿Laprade?—murmuró Francisca reuniendo sus recuerdos.—Creo haber leído algo de ese buen señor... ¡Qué aburrido era!...
Genoveva y Paulina trataron de hacer callar a Francisca, pero fue inútil felizmente, pues sus palabras se perdieron en el ruido de las despedidas.
—Espera—me dijo Francisca al oído al tiempo de despedirse de la abuela,—voy a dejar con la boca abierta a la Roubinet con mi erudición. Escucha bien.
Y haciendo una graciosa reverencia a la abuela, Francisca declamó con gracia:
Si el tiempo se va, señora,
Nosotras también nos vamos...
Una risa general acogió esta nueva broma de Francisca, que había encontrado medio de desnaturalizar el pensamiento del poeta.