—Niña cruel—dijo la abuela encogiéndose de hombros.
—Lo cierto es—siguió diciendo la Melanval,—que la mayor parte de nuestras obras tienen como presidentas o como fundadoras mujeres solteras... Sería imposible hacer una lista...
—No veo la dificultad—dijo Francisca disimulando un bostezo.—No hay más que coger la nomenclatura de los premios de virtud en la Academia; eso no puede servir de base.
—Detestable burlona—murmuró la Melanval contrariada. Y añadió dirigiéndose a la Fontane:—creo que hay que convenir entre nosotras que si todas las mujeres de bien no son solteras, en cambio todas las solteras son mujeres de bien.
—¡Felices ellas!—exclamó Petra.—Ese es un panegírico bien sentido...
—En un día de Santa Catalina era obligatorio,—repuso Francisca.—Y por cierto que han olvidado ustedes el citar a esta pobre santa entre las ilustres solteronas... Tengo una vaga idea de que fue una filósofa distinguida.
—Y una mártir incomparable—añadió la Melanval santiguándose.—¡Buena Santa Catalina!...
—Ora pro nobis—exclamaron a la vez Petra y Francisca que se reían con toda su alma.
—No, no—dijo Francisca dando un salto;—no queremos formar parte de la corporación.
—Y tienen ustedes razón, hijas mías—respondió la abuela siempre llena de indulgencia por las jóvenes deseosas de casarse.—Recen ustedes a San José y será mucho mejor...